2 comentarios en “CARLOS MANUEL SIETEIGLESIAS”

  1. PUBLICADA Y REORDENADA POR CARLOS MANUEL
    Única Inmaculada
    Autor: Germán Mazuelo-Leytón

    Cuando se oye hablar de María, inmaculada, se piensa espontáneamente en su concepción excepcional, mientras que, al reconocerla santa, se suele aludir más bien a su vida resplandeciente en virtudes.

    En realidad, Ella, fue inmaculada, es decir, libre de toda mancha de pecado, a lo largo de su vida entera, y fue santa desde el primer instante de su ser, con aquella santidad que es participación de la vida divina, de la cual las virtudes no son sino adornos y transparencias.

    La mentalidad contemporánea se resiste a aceptar un pecado no cometido en el ejercicio de la libertad personal, sino contraído por herencia recibido por la naturaleza humana.

    Dentro del catolicismo, se trata de salvar además el dogma de la concepción inmaculada de María, sin excluir la posibilidad de reformularlo de manera más adecuada a la nueva mentalidad.[1]

    Dice Monseñor Fulton J. Sheen: La Inmaculada Concepción de María es el más grande tributo de la Cristiandad a la parte confiada a las mujeres en la redención.

    La Virgen es como toda mujer quisiera ser cuando se mira en el espejo de la vida. Ella es la mujer con la que todo hombre quisiera desposarse; es el ideal latente en el sentido de rebelión que toda mujer experimenta, cuando el hombre se hace demasiado agresivamente sensual; es el secreto deseo que toda mujer de que la honren y la protejan.

    María es el ideal y el amor, imagen de lo que es posible, la Virgen es el ideal de amor que Dios amaba aún antes de crear el mundo; es la Virgen Inmaculada, Madre de Dios.

    I. Pecado original

    Dios creó al hombre compuesto de cuerpo y alma, carne y espíritu, y lo elevó al orden sobrenatural, es decir, le dio además la gracia santificante por la que un día podría gozar de él en el cielo. Con la gracia santificante, les fueron concedidos a nuestros primeros padres las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

    Lo natural al hombre (cuerpo y alma con sus facultades) y lo sobrenatural (la gracia santificante con las virtudes y dones) estaba en perfecta armonía, gracias al don de la integridad. Es decir, que el cuerpo con sus sentidos, y el alma con sus potencias y pasiones, estaban totalmente sujetos a la razón en perfecta coordinación, y no existía aquella lucha que describe tan patéticamente San Pablo: siento en mis miembros una pugna contra el espíritu. Y veo el bien y lo alabo y no lo practico. Comprendo el mal y lo repruebo y caigo en él.

    ¿En qué consiste propiamente el pecado original? Responde el Doctor mariano, Beato Escoto: En la simple carencia de la gracia que debiera poseerse. El que nace de padres pobres, que jamás ha sido rico, no puede decirse que ha caído de su posición social: pobre es, y no podía ser otra cosa, por nacimiento. El que nace de padres un tiempo millonarios, pobre es, pero debiera ser millonario, a no haber malversado su hacienda sus progenitores. Este es el caso de todos los hombres respecto de la justicia original, del primer estado al que Dios lo destinaba. Como consecuencia de carecer de la gracia santificante, el hombre pierde cuanto la acompañaba y a la misma estaba vinculado por Dios.

    La serpiente venció olímpicamente a Adán y Eva. El Libro Sagrado declara por boca de Eva el diálogo entre la primera mujer y la serpiente. Eva, con ingenuidad, le revela que Dios es espléndido con ellos; solamente les ha pedido que, entre los frutales atractivos del paraíso, no comieran del fruto del árbol situado en medio del jardín. La prohibición de Yavé es aterradora: No coman de él, ni siquiera lo toquen, porque si lo hacen morirán.[2]

    Parecía suficiente esta advertencia trágica para que obedecieran la palabra divina. La serpiente es astuta y presenta a Eva un argumento sutil: Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos y serán como dioses.

    Ha tocado la ambición humana: la primera pareja tiene unas condiciones prodigiosas, pero aun anhela mayor perfección: ser como Dios. La vanidad les hace olvidar la amenaza de Yavé y desobedecen a Dios comiendo del único árbol prohibido. Dios los castiga arrojándolos del paraíso y anunciándoles una serie de sufrimientos y pesares.

    Venció la serpiente. En adelante será la reina de la humanidad: todas las personas que nazcan hasta el fin de los siglos llevarán su sello infernal, como lo llevan las ovejas señaladas a fuego para que se conozca a su dueño. Podemos contemplar a la humanidad: en India, España, Filipinas, México, o cualquier otro país, y se la hace pasar por un estrecho corredor, donde los encargados llevan en el rusiente hierro la marca que distinguirá a las ovejas: todas las personas que llegan al mundo llevan la marca de Satanás, a cuyo dominio les ha entregado el pecado original.

    Venció la serpiente en el primer combate, dejando a la humanidad víctima del pecado original, con tristes consecuencias. Pero mientras la serpiente se alegra de su triunfo, y los primeros padres salen humillados del paraíso, suena la promesa: Habrá enemistad entre tí y la mujer, entre tu descendencia y la suya, ésta te pisará la cabeza. Satanás se siente vencido, ahora con el aviso de Yavé; luego, con la realidad de la Mujer.

    II. Inmaculada

    Solo cuatro personas se vieron libres del pecado original: Adán y Eva, porque nacieron en estado de pureza, antes de que ellos mismos cometieran el pecado original; Jesucristo, que como Dios-Hombre no podía someterse al dominio del pecado, luego ni de Satanás. Y María, única excepción. Si a todos nos ha vencido Satanás, porque por el pecado original arribamos a este mundo bajo su mancha y su propiedad, la profecía de Yavé suena clara: Pondré enemistades entre ti y la mujer; si la serpiente hubiera vencido a María con el pecado original, no se hubiera cumplido la esperanzadora profecía.

    En el paraíso terrenal, enlodado con el pecado, surge un ambiente de pureza: es la promesa de una mujer que realizará la mayor hazaña de la humanidad: vencer al enemigo infernal que atacó hasta al mismo Dios en el paraíso del cielo, de donde fue arrojado vilmente, y que también tentó al Dios que se hizo hombre. Ahora Satanás, la serpiente, se enfrenta inevitablemente con una mujer y con su descendencia.

    En la profecía del paraíso, la mujer aparece como enemiga, lo que supone que en ningún momento tuvo amistad con la serpiente, hasta el punto de admitir las insinuaciones del diablo, como sucedió con Eva. La mujer y su descendencia aplastarán la cabeza de la serpiente, demolerán su reino, debilitarán su dominio, destruirán sus proyectos de esclavizar a toda la humanidad.

    Dios quería significar que, si por culpa de una mujer, se había perdido el hombre, también se salvaría a través de la mujer.

    El mal prosperaría, y bajo místicas apariencias llegaría a instaurar un reino comunista y satánico; pero la mujer tendría también su progenie: a Nuestro Señor, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo.[3]

    III. Sola María

    El libro del Génesis señala a una mujer como vencedora de Satanás, sin determinarla. Y pasarán largos siglos de espera de la presencia de la mujer.

    El Papa Pío IX explicó la íntima e indisoluble unión de María con Jesucristo en su triunfo redentor sobre Satán que fuera profetizado en Génesis 3,15 en la carta apostólica que infaliblemente definió la inmaculada concepción:

    Por esta divina profecía (Génesis 3,15), el misericordioso Redentor de la humanidad, Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, fue claramente preanunciado; que Su beatísima Madre, la Virgen María, fue proféticamente indicada; y, al mismo tiempo, la misma enemistad de ambos contra el Malo fue significativamente expresada. De ahí que, tal como Cristo es Mediador entre Dios y hombre, asumió forma humana, borró lo escrito en el decreto existente contra nosotros, lo clavó triunfalmente en la cruz, para que la santísima Virgen, unida a Él en el más íntimo e indisoluble vínculo, fuera, con El y por El, eternamente enemistada con la maligna Serpiente, y más completamente triunfara sobre ella… María estuvo eternamente completa y absolutamente opuesta a Satán, ya que con y mediante su Hijo, el Redentor, la Mujer compartiría íntimamente el triunfo redentor sobre Satán.

    Llegará el tiempo de su arribo. Como toda humana criatura, comenzará su vida intrauterina al abrazo de una semilla masculina en los ovarios de una madre.

    Como toda criatura que comienza sellada con el distintivo de Satanás ¿correrá María la misma suerte? La profecía lo niega: de haber sido comprendida en el pecado original, hubiera tenido amistosa relación con la serpiente y no le hubiera pisado su cabeza.

    Por ley universal de Adán, María debería haber sufrido el cautiverio de Satanás. Pero existen dos formas de liberación: 1) ofreciendo el precio del rescate antes de que sea llevado el reo a la prisión; 2) pagándolo cuando está en la cárcel y liberándolo. La segunda forma se empleó en la historia con todos los nacidos; la primera sólo con María, por lo que en ningún momento hubo en ella pecado o mancha moral.

    El eminente teólogo Beato Escoto, confirmaba la inmaculada concepción de María, con este silogismo: Dios pudo hacerla Inmaculada; fue conveniente que lo hiciera; luego la hizo.

    La profecía del paraíso es suficientemente clara al afirmar que Ella fue siempre enemiga de la serpiente; luego no se manchó con su inmunda baba, que fue el pecado original.

    Con la luz de esta profecía y con otras luminosas indicaciones de la Biblia, Pio IX, en 1854, elevó esta doctrina de la Iglesia a la calidad de dogma de fe: Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María, en el primer instante de su Concepción, por gracia y privilegio singular, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles. Si no, sepan y tengan por cierto que están condenados por su propio juicio, que han naufragado en la fe y que se han separado de la unidad de la Iglesia.

    Se esperaron muchos siglos, desde que sonó la profecía, pero al término de ellos, se cumplió: Pondré enemistad entre ti y la mujer… ésta te pisará tu cabeza. Así se la representa en las imágenes que destacan la Inmaculada: con la luna a sus plantas, como Reina del mundo, y con la serpiente pisoteada por sus pies.

    Lo que afirma la fe es que en el momento, sea éste cual fuere, en que el alma de María fue infundida por Dios en su cuerpo y hubo, por lo mismo, concepción propiamente dicha, recibió simultáneamente la gracia santificante, no careciendo de ella jamás, ni por una fracción mínima de tiempo.

    IV. Voto inmaculista

    Juramento y voto de creer, confesar y defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

    (Este juramento se puede hacer en presencia del Director Espiritual o Confesor o el Párroco o privadamente).

    En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo , tres personas, y un solo y verdadero Dios Todopoderoso , y de Dios hecho Hombre, nuestro Redentor y Señor Jesucristo , a quien adoramos real y verdaderamente presente en el Augusto Sacramento del Altar,

    Proclamo:

    Solemne voto y juramento de creer, confesar y defender, que la Santísima Virgen María, Madre de Dios, por un privilegio especial del Altísimo, atendiendo a los méritos previstos de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, fue preservada de la culpa original que todos contraemos al nacer.

    Declaro que, como católico, apostólico y romano, creo en todos los misterios que nuestra madre la Iglesia nos propone, muy especialmente en este de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Afirmo, creo y confieso, que la Santísima Virgen María fue, en virtud de los méritos de su Hijo, Nuestro Redentor, preservada desde el primer instante de su Bendita Concepción de toda mancha de Pecado Original. También confieso, afirmo y creo que la Excelsa Señora, Madre de Dios y Madre Nuestra, terminado el curso de su vida temporal, fue llevada en cuerpo y alma a los Cielos; así bendecimos su Inmaculada Concepción, proclamamos su Gloriosa Asunción, honramos su Sacrosanta Virginidad y alabamos su total Ausencia de Pecado.

    Hago así, solemne voto y juramento de creer, confesar y defender hasta la muerte, los misterios de la mediación universal de la Santísima Virgen en la dispensación de todas las Gracias, y de su realeza universal como Madre de Dios y del género humano, ofreciendo, solemnemente, homenaje al Corazón Inmaculado de la Virgen Purísima en perpetua y total entrega de amorosa y filial servidumbre.

    ¡Oh, Benignísima Señora y Madre nuestra dulcísima!, admitid este voto y juramentos, como muestra del filial amor que os profeso y, en retorno, conseguid que, cubierto con el manto de vuestra protección a la sombra del árbol Santo de la Cruz, participe de sus frutos en la tierra, recibiendo abundantes gracias para ejercitar las virtudes, y después, por medio de ellas, suba a la gloria para unirme con Vos para siempre y juntos ver a Dios, amarle, gozarle y alabarle por toda la eternidad.

    ¡Oh, Santísima Virgen María Inmaculada, Reina de los Cielos!, te ruego que intercedas ante tu Divino Hijo, Cristo Jesús+, para que Este me auxilie en mi pobreza, ayudándome a guardar la Fe que he recibido de mis padres y que ahora, solemnemente proclamo, esperando morir en ella, y por la Divina Misericordia de Dios y por Vuestra intercesión, gozar algún día de las delicias inefables de la gloria. Amén. Así lo creo, así lo espero.

    Me gusta

  2. PUBLICADA Y REORDENADA POR CARLOS MANUEL

    León XIII sobre la Masonería. Humanum genus (1884)

    La Iglesia ha condenado la masonería – desde Clemente XII (1738) hasta Pío XII – al menos 600 veces. León XIII fue el Papa que (junto a Pío IX) más la fulminó.

    La encíclica Humanum genus, escrita el 20 de abril de 1884, es el principal documento pontificio que, no sólo condena la secta secreta, sino que desvela su naturaleza, su fin, y nos ofrece los remedios para combatirla. No se puede, por tanto, no conocer la Humanum genus, si se quiere combatir la acción masónica disgregadora de la ordenada Sociedad civil y, si fuera posible, de la misma Iglesia, la cual puede atravesar momentos oscuros o de crisis en sus miembros, pero es siempre y cada día asistida por Dios hasta el fin del mundo y por ello “las puertas de los infiernos no prevalecerán contra ella”.

    El papa Pecci comienza su Encíclica sobre la masonería con la descripción del pecado de Lucifer, que tuvo como consecuencia la creación del infierno y la condenación de una pequeña parte de los Ángeles respecto al mayor número que permanecieron fieles al Señor. Después, Lucifer, en forma de serpiente, tentó a Adán y Eva para hacerles perder el tesoro de orden sobrenatural (la gracia habitual o santificante), que habían recibido de Dios, y que él, espíritu puro (aunque malvado), naturalmente superior a ellos, simples hombres, no tenía ya y para toda la eternidad. Desde ese momento, el género humano, hijo de los dos progenitores que se rebelaron contra Dios, siguiendo la tentación demoniaca, “se dividió como en dos campos diferentes y enemigos entre ellos: uno de los cuales combate sin descanso por el triunfo de la verdad y del bien, el otro por el triunfo del mal y del error. El primero es el reino de Dios sobre la tierra, esto es, la verdadera Iglesia de Jesucristo […]. El segundo es el reino de Satanás, cuyos súbditos son todos aquellos que, siguiendo los funestos ejemplos de su jefe y de los comunes progenitores, se niegan a obedecer la eterna ley divina” (León XIII, Encíclica Humanum genus, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol., p. 383).

    Después el Papa cita a San Agustín (De Civitate Dei, lib. XIV, cap. 17), que enseña: “De dos amores nacieron dos ciudades: la terrena del amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la celestial del amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”.

    En toda la historia humana, estas “dos ciudades” (San Agustín) o estos “dos campos diferentes y enemigos entre ellos” (León XIII) se han enfrentado constantemente, pero “hoy”, explica el Papa (en 1884), la masonería realiza las últimas pruebas para lanzar el asalto final contra la Iglesia de Cristo. En efecto, “los partisanos de la ciudad malvada conspiran todos juntos, sin esconder ya sus diseños, y surgen contra la soberanía de Dios; trabajan públicamente para la ruina de la Santa Iglesia, con el propósito de despojar a los pueblos cristianos de los beneficios concedidos al mundo por Jesucristo” (ibídem, p. 384).

    Deber del Papa es, por ello, denunciar públicamente la secta infernal (la masonería), que encierra en sí todas las demás sectas, por lo cual amonesta a los Príncipes y a los pueblos para que no se dejen engañar por las astucias y por las tramas insidiosas de la masonería.

    La masonería es funesta, no sólo para la Iglesia, sino también para el Estado, en cuanto que es una secta secreta que intenta apoderarse de los Estados para reunirlos todos en un poder ultra-nacional y mundial, que esté sometido a los principios del infierno. Por tanto, los Estados deben luchar contra ella, si no quieren convertirse en esclavos suyos y, con ella, esclavos de Satanás.

    Después, el Papa resume el camino recorrido por la masonería desde su fundación pública (1717) hasta su tiempo (1884), cuando ha comenzado a cumplir parte de su programa, convirtiéndose en “dueña de los Estados” (ibídem, p. 386). Por este motivo, León XIII escribe que “hemos llegado ya a tal extremo, que debemos temblar por la futura suerte, no ya de la Iglesia, edificada sobre el fundamento imposible de ser abatido por fuerza humana, sino de aquellos Estados donde la secta de la que hablamos o las demás afines a ella pueden tanto” (ibídem, p. 386).

    La Iglesia, en su naturaleza, es divina, pero está compuesta de miembros humanos. Por tanto, en su esencia no tiene nada que temer, pero el esfuerzo de la masonería no ha perdonado a los miembros de la Iglesia y sobre todo a aquellos que mandan (Obispos) para intentar, si fuera acaso posible, alterar su naturaleza. Hoy, tras la revolución del Concilio Vaticano II, llevada adelante por la B’nai B’rith, o sea, la masonería judía, debemos constatar cuántos progresos ha hecho la secta infernal incluso dentro de la Iglesia, pero debemos seguir estando seguros y confiados en su inalterable esencia o naturaleza, que el infierno no podrá jamás eliminar.

    El secreto es uno de los elementos negativos e inquietantes de la masonería y de las sociedades que se relacionan con ella. En efecto, el Papa enseña que “todas las sociedades secretas están relacionadas con la masonería” (ibídem, p. 386); permanecerán siempre “secretas” en sus miembros más importantes, en sus propósitos más inquietantes y en su íntima naturaleza, la cual, sin embargo, es desvelada por el Papa en la Encíclica.

    Otra táctica de la masonería es el “camuflaje” (ibídem, p. 387). En efecto, “los masones, presentándose con apariencias académicas o científicas, tienen siempre en sus labios el celo por la civilización, el amor al pueblo y el ser su única intención mejorar las condiciones del pueblo” (ibídem).

    La secta exige una obediencia ciega y absoluta: “el candidato masón debe jurar no revelar jamás a nadie los nombres de los afiliados y las doctrinas de la secta. Deben estar dispuestos a ejecutar las órdenes de superiores desconocidos, dispuestos, si no lo hacen, a toda gravísima pena e incluso a la muerte” (ibídem).

    Pues bien, continúa el sumo Pontífice, estos secretos, estas ocultaciones, estos subterfugios repugnan fuertemente a la naturaleza. La razón, por tanto, condena las sectas masónicas como enemigas de la justicia y de la honestidad natural.

    El fin de la masonería es el de destruir el Cristianismo (y no sólo el poder temporal de los Papas) para fundar en su lugar una religiosidad naturalista y ecumenista (ibídem). Después precisa: “Esto que hemos dicho debe entenderse de la secta masónica considerada en sí misma, no de sus secuaces en particular, en cuyo número puede haber no pocos que, aunque culpables de haberse metido en congregaciones de este tipo, sin embargo, no toman directamente parte en sus malas obras e ignoran asimismo su objetivo final” (ibídem). Es necesario, en resumen, distinguir al masoncillo de la masonería.

    El naturalismo es la esencia de la masonería. Pues bien, el principio fundamental del naturalismo es la soberanía de la naturaleza y de la razón sobre la gracia y la Revelación. Por tanto, se llega a la negación del orden sobrenatural y de la Iglesia y, por este motivo, la secta y los gobiernos inspirados en ella persiguen a la Iglesia y a sus sacerdotes o religiosos y religiosas.

    Se sigue de ello, en la doctrina sobre las relaciones entre Estado e Iglesia, que la masonería se hace propugnadora de la aconfesionalidad del Estado, que hoy se ha convertido en la regla de todos los gobiernos de todos los Países.

    La lucha contra el Papado está constituida por tres etapas: la primera está dirigida, falsamente, contra el poder temporal de los Papas; la segunda contra el poder espiritual de los Pontífices romanos; la tercera coincide con el “objetivo supremo de los francmasones, que es perseguir con odio implacable al Cristianismo” (ibídem, p. 389).

    La masonería, para ocultar su intención principal, que revela sólo a los iniciados y esconde a los profanos, no obliga al masón particular a renegar directamente de su fe católica, pero indirectamente le impone el ecumenismo y el relativismo religioso, de los cuales nace el indiferentismo y la paridad de todos los cultos. Como se ve, este plan se ha cumplido en todos los Estados actuales a partir de los años 70 y ha penetrado también en la mentalidad de los hombres de Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y de las directivas postconciliares.

    Para la masonería, la existencia de Dios no es cierta y ella coloca, en el lugar de un Dios creador de todo a partir de la nada, la existencia de un Gran Arquitecto Universal, que presupone, como todo arquitecto, la existencia de una materia a partir de la cual poder edificar una casa o un “templo”.

    La filosofía de la masonería es la kantiana, según la cual no existe un Dios real, sino que el hombre siente la necesidad íntima de poner en acto la idea de un Ente superior que le ayude a vivir mejor su moral autónoma, o sea, que el mismo hombre se da y que no viene de Dios o de la naturaleza misma de las cosas. Además, niega la existencia del pecado original, por lo que el hombre tiene una inteligencia perfecta y tendiente a la verdad y está dotado de una voluntad pura y no debilitada ni inclinada al mal. Las fuerzas de la naturaleza son exaltadas y exageradas por los masones, los cuales, por ello, afirman que no es necesaria la gracia o el orden sobrenatural.

    La secta se compromete a corromper las costumbres cristianas para tener a sus órdenes una masa informe y corrupta, inclinada a seguir sus órdenes como instrumento dócil en sus manos.

    La familia debe ser igualmente disuelta, en los planes de la masonería, para revolucionar la misma Sociedad civil. En resumen, del Cristianismo no debe quedar ya ningún rastro.

    La educación de los jóvenes es sustraída a las familias y a la Iglesia y debe ser confiada a la escuela pública, inspirada en el liberalismo y en el naturalismo masónico.

    Desde el punto de vista social y político, la secta prefiere el igualitarismo, el liberalismo y la democracia moderna, según la cual el poder viene del pueblo y no de Dios.

    El Papa responde que, como el hombre está cierto de la existencia real de Dios creador del mundo real y como el hombre, creado por Dios, le debe adoración y culto, así el Estado, que es un conjunto de varios hombres y de varias familias debe igualmente a Dios el culto y la adoración contra los falsos principios del liberalismo así llamado católico o “catolicismo liberal”.

    Además, como la autoridad y el poder vienen de Dios, el hombre debe obedecer a la autoridad (contra el anarquismo liberal) como si obedeciera a Dios.

    Los falsos errores de la masonería debían de hacer temblar a los Estados todavía conservadores de la época leonina (1884), pero ya invalidados por el virus liberal, que abre de par en par las puertas al comunismo y a la revolución universal. Nunca profecía de desventura se ha cumplido más exactamente que esta.

    El fin último de la masonería coincide con el del comunismo. La secta adula a los pueblos y a los monarcas “iluminados” para suprimir la Iglesia y el Cristianismo.

    Así que el único verdadero antídoto contra la masonería es la Iglesia, amiga del bienestar común, de los Príncipes que gobiernan según la ley natural y divina, de manera que Príncipes y pueblos deberían unirse a la Iglesia para destruir la secta.

    En concreto, es necesario: 1º) quitar la máscara filantrópica tras la cual se esconde el rostro infernal de la secta diabólica; 2º) dar una sólida instrucción religiosa a todos, pero especialmente a la juventud, de manera que no caiga víctima de los sofismas masónico/kantianos.

    El Papa concluye escribiendo que “la ayuda de Dios es necesaria para combatir y erradicar la masonería” (ibídem, p. 389) y, finalmente, invita a resistir y a orar.

    Me gusta

Responder a CARLOS MANUEL SIETEIGLESIAS ÁLVAREZ Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s