DIARIO DE UNA BANDERA

ESTE libro -DIARIO DE UNA BANDERA-, publicado en su primera edición el año
1922, no responde a ningún esquema literario. Su autor, el Comandante de Infantería don Francisco
Franco Bahamonde, declara sin rodeos, que se ha limitado a recoger «el conciso y verídico relato del
historial de una BANDERA»; y añade: «a la que el destino brindó el honor de derramar
repetidamente su sangre por España». En estas palabras, que tampoco obedecen a estímulos literarios,
reside el secreto de las páginas que el Comandante Franco escribió hace treinta y cuatro años. Se trata,
en efecto, de un breve historial que, sin afectación ni aspavientos, encierra dentro de sí toda una
interpretación del honor español. Pero no sólo del honor, sino de su eficaz aplicación al servicio de
España. Importa sobremanera la honra, pero bien está que nos esforcemos en acompañarla con los
laureles del triunfo.
A las dos soluciones decisivas que se planteó Méndez Núñez -barcos sin honra y honra sin
barcos-, vale la pena de añadir una tercera que consiste en guardar o conquistar honra y barcos a un
mismo tiempo.
Un corresponsal -Tomás Borrás- escribía desde Marruecos, el año 1921: «España tiene hambre
de acierto.» La oficialidad que en el Ejército de Africa se iba creando representaba precisamente eso: un
fervoroso propósito de unir inseparablemente los ideales del honor con las fecundas retribuciones del
acierto. Clamaban por la obra bien hecha que asegura la victoria.
Entre aquella juvenil y brillantísima generación de jefes y oficiales comenzaba a elevarse la
personalidad del Comandante Franco, que había sido teniente y capitán en las tropas indígenas, y
después fue comandante de la Primera Bandera de la Legión.
En el DIARIO DE UNA BANDERA la narración es muy escueta. Tanto, que a veces
parece fría. Por ejemplo: durante el primer combate de Taxuda (10 de octubre de 1921) cae muerto el
ayudante de Franco. El DIARIO registrará el hecho del modo siguiente: «En estos momentos cae con
la cabeza atravesada mi fiel ayudante. El plomo enemigo le ha herido mortalmente. Desde la guerrilla,
dos soldados conducen su cuerpo inanimado. Con dolor veo separarse de mi lado para siempre al fiel y
querido Barón de Misena.» Y ésta es una de las contadas ocasiones en que al autor se extravasa y
desborda un poco la pluma, porque, de ordinario, sus comentarios a la muerte circunvagante son mucho
más lacónicos. Véase: «el capitán Cobos, de la Legión, cae herido muy grave.» «No es nada -nos dice-
“Un balazo en el vientre. ¡Pobre as de las ametralladoras! La herida le había de causar la muerte.» O
bien: «De las peñas bajan a un oficial muerto; es el teniente Rodrigo, de la quinta Compañía. El
enemigo está muy cerca.»
En otra página leemos: «El teniente Urzáiz, herido en el vientre, pasa cantando en una
camilla.»
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«El capitán Franco (se trata del actual Teniente General Franco Salgado), de la primera
Compañía, es herido también en el avance.»
El Comandante Franco era así: resuelto y ardoroso, pero a la vez reflexivo, guarnecido de las
mejores cautelas y poco dado a la efusión.
Alguna vez, sin embargo, la emoción puede más que su voluntad. Se le encrespa la sensibilidad
dentro del ánimo y a punto está de acabar en lágrimas. ¡Pero ya no había lágrimas! Fue cuando murió
Fontanes, el bravísimo Fontanes, comandante de la Segunda Bandera.
“La noche es triste en Ambar -dicen las notas de esta jornada-. El comandante Fontanes está
herido muy grave. Todos saben lo que significa una herida de vientre con el hospital tan lejos. El doctor
Pagés es toda la preocupación del herido. El podría salvarle. En la Legión se siente admiración por este
notable cirujano que ha librado a tantos legionarios de una segura muerte. Por eso piensa en Pagés el
bravo comandante de la Segunda Bandera.»
“En la madrugada del 20 muere en la posición el heroico comandante. La Legión está de luto.
Ha perdido uno de sus mejores jefes. Los soldados están tristes. Sus ojos no lloran porque en sus cuencas
ya no quedan lágrimas. ¡Han visto caer a tantos oficiales y camaradas!»
La muerte de Fontanes había de conmover forzosa y muy especialmente al comandante de la
primera Bandera. ¿Por qué, si a diario iban cayendo otros muchos, sin que Franco perdiera ni una
brizna de la impavidez y del exterior sosiego que ya le iban haciendo famoso?… Sí; bien; pero Fontanes
no era un muerto más, no era un héroe más, cuyos gloriosos despojos cubriría la greda marroquí, sino
uno de los elegidos, es decir, uno de los que habían entendido cabal y profundamente el sentido histórico
de todo aquello que estaba aconteciendo al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Como lo entendía -lo
recuerdo a título de admirable ejemplo- otro gran soldado que se llamó José Valdés, el de Malalíen, el
que cayó en la retirada de Xauen. También para Valdés hubiera tenido el Comandante Franco duelos
irreprimibles.
Pero tras las brevísimas ráfagas de emoción, de humor o de apretada ira que, por excepción,
interrumpen los relatos del DIARIO, vuelve éste a su sequedad militar. En una de las páginas escribe
el autor:
«En la guerra hay que sacrificar el corazón.»
¡Sacrificar el corazón! En tal ejercicio, casi ascético, se forjará el temple de Franco. Al corazón le
ordenará «silencio» durante los largos días y las interminables noches de Uad Lau, en lucha permanente
con el tedio y con la melancolía, que son los peores enemigos del soldado. «Silencio» le impondrá,
igualmente, ante los espectros de los españoles cruelmente martirizados en Nador, en Zeluán y en Monte
Arruit… «Silencio»… le mandará cuando llega, con su Bandera, al poblado de Abbada, y ve allí,
«junto a una pared, los restos de unos cadáveres, y, sobre ellos, en el blanqueado muro, los impactos de
los disparos salpicados de sangre». El joven comandante anota en su DIARIO:
«Una ola de indignaci6n pasa por nosotros. ¡Que hagan alto los legionarios y no entren en el
poblado! ¡No vean tanta infamia y estropeen la política!»
Dura disciplina la del sacrificio del corazón, pero el Comandante Franco gana esa batalla sobre
sí mismo.
Desfilan en los diarios apuntes los combates de Las cercanías de Melilla, los de Sebt, Atlaten,
Taxuda, Ras-Medua, Tuguntz, Tikermin, Dríus y otros más; toda aquella campaña inolvidable. El
comandante de la Primera Bandera apenas habla de sí mismo. No redacta el DIARIO para alabarse
diciendo maravillas de su mando, sino para mostrar, con inmarcesible ejemplo, cómo han de ser las
fuerzas espirituales que salvarán a España.
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Un día -aún me parece estarlo viendo- sucedió que «el coeficiente moral» de algunas tropas
peninsulares «fue sobrepasado»…
El lector y yo haremos un pequeño alto en esta frase.
Recuerdo que, durante la primera guerra mundial, el Alto Mando alemán, obligado a declarar
una importante retirada de sus Ejércitos (más de cien kilómetros de profundidad sobre un frente de
cuatrocientos), compuso esta evasiva literaria para el comunicado oficial:
«Nuestras tropas han llevado a cabo un movimiento elástico hacia la retaguardia.»
El subterfugio no carecía de elegancia; y, en fin de cuentas, todo el mundo entendió lo que
Ludendorff quería decir.
La fórmula de caballeroso disimulo que emplea nuestro comandante legionario para darnos a
entender algunas cosas que ocurrieron en Taxuda es más delicada y más sutil.
El 1O de octubre de 1921, «glorioso en la historia de la Legión», salieron de Melilla varias
columnas para ocupar las crestas del monte Gurugú. Pero antes, «la columna Sanjurjo, saliendo de
Segangan, debía cortar al enemigo el paso de Taxuda».
«En la oscuridad de la noche, y en el mayor silencio, se concentra la columna en las huertas de
Segangan, y media hora más tarde la vanguardia se reunía delante del blocao de Atlaten.»
«LO ESTRECHO del camino y la oscuridad de la noche retrasan un poco la llegada de las
baterías. Ya el sol lucía cuando, establecidas éstas, el coronel Castro nos ordena el avance. El general
Sanjurjo, con su típico pijama a rayas, presencia a caballo el desfile de las fuerzas.»
«La Legión avanza en doble columna. Las Banderas marchan inmediatas. Sus vanguardias
han desplegado, y muy alto se siente el maullido de las primeras balas.»
Se entabla el combate que, en el transcurso de la mañana, irá endureciéndose. Hay «numeroso
enemigo en el frente y en el flanco izquierdo, al que no puede batir nuestra artillería porque se oculta tras
las esponjas rocosas».
«Los jarqueños hostilizan como nunca. Se suceden las bajas. Tenemos delante al grueso de la
jarka, y el terreno no es de los más apropiados para el combate.»
En medio de aquella sangrienta lucha se recibe la noticia de que el Gurugú ha sido ocupado. El
Alto Comisario aprueba que no se avance más «y se mantengan las posiciones ocupadas» hasta que el
monte quede bien defendido. Pero las bajas se multiplican.
«Al pie del cortado de la izquierda, y a cubierto de los fuegos enemigos, un Capellán auxilia a
los heridos. A su lado se detienen breves momentos las camillas, y se agrupan los guerreros
ensangrentados que reciben la absolución, mientras los camilleros legionarios, rígidos y descubiertos,
contemplan el emocionante cuadro.»
De pronto, la jarka hostil inicia un movimiento envolvente sobre el flanco izquierdo.
Aprovechando unas barrancadas que permiten a las guerrillas de tiradores moros filtrarse sin ser vistas,
tratan de provocar una grave sorpresa. Confían en desconcertar a unas tropas que llevan muchas horas
de asperísimo combate. Sí se logra producir una flexión brusca del ala izquierda, se correrán los
atacantes hacia la retaguardia española, y acaso lleguen a forzar el desplome completo de nuestra línea.
Esto podría engendrar consecuencias desastrosas para toda la columna mandada por Sanjurjo. Es jefe
de la vanguardia el coronel Castro Girona. En esa vanguardia está, como cifra de las mejores
esperanzas, el Comandante Franco Bahamonde.
«Unos jarqueños -dice el DIARIO- que se han corrido por la izquierda disparan varios tiros
desde retaguardia. Dos soldados son heridos en los sostenes. Esto produce cierta confusión entre las
reservas. Al mismo tiempo, el enemigo, concentrado en las barrancadas del frente, efectúa una enérgica
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reacción sobre nuestras posiciones. Las compañías de la izquierda ven aparecer, de pronto, a pocos
metros, las cabezas enemigas. Con gran arrojo nos atacan por todos lados. El coeficiente moral de las
tropas peninsulares es sobrepasado, y el frente de la izquierda vacila en algunos puntos.»
La pluma del comandante añade:
«Los momentos son de gran emoción. En los puntos amenazados volcamos nuestros hombres y
nuestro espíritu: Los sostenes de las unidades de legionarios acuden al lugar en peligro y acometen al
enemigo. Los acemileros de nuestras compañías de ametralladoras y del tren de combate, abandonando
sus mulos, se suman a la reacción, y el ataque es rechazado en todo el frente.»
Así durante todo el día, hasta que pasadas las horas del anochecer regresa la Bandera al
campamento.
«Nuestras bajas -es decir, las legionarias- han sido veinticinco muertos y noventa y un heridos»
Por aquellos inolvidables andurriales de Taxuda y de Atlaten anduvo durante el combate uno
de los corresponsales que yo había designado para que acompañaran al Ejército e informaran al país.
Hallábase éste sistemáticamente sometido a las destructoras campañas en que se agitaban
incansablemente la cobardía y la traición. Aquel corresponsal escribió sobre la lucha de Taxuda:
«El peligro era de una intensidad tal, que no se me alcanza el modo de expresarlo. Sanjurjo y
Castro Girona, que comprendieron lo que ocurría, seguidos de todos los oficiales del Cuartel General, se
echaron al encuentro de nuestros soldados, y en unos segundos de energía conseguían hacer reaccionar a
nuestras fuerzas.
«¡A la bayoneta! ¡Arriba mis valientes! ¡Viva España! El Comandante Franco enronquecía a
la cabeza de sus bravos. La lucha fue cuerpo a cuerpo. La cresta, ocupada por el enemigo, era tomada
otra vez, y de pie en ella Franco y sus tropas se coronaban de gloria.»
Aquella noche recibí del aludido corresponsal una nota personal en que me explicaba:
«Lo de Franco en Taxuda ha sido maravilloso. El ha salvado la situación. Cuando pasó el peligro
sonreía nuevamente entre sus legionarios; pero con una sonrisa que casi me daba miedo, porque
expresaba una serenidad imperturbable, pero, al propio tiempo, una cólera fría. Era una mezcla de
tranquila seguridad en sí mismo y de la más violenta voluntad de vencer. No sé si acierto a explicarme
bien.»
Tomás Borrás comentaba por su parte: «Castro Girona y Franco son los dos grandes capitanes
del momento.»
HACE POCOS meses volví a peregrinar por tierras de Marruecos.
Interesante y conmovedora experiencia la de contemplar de nuevo, con ojos un poco cansados ya,
pero acaso más finos, los paisajes en que se apasionó nuestra juventud. La belleza y la ternura de
entonces, la secreta llamada que escuchábamos, ¿fueron alegres inventos de nuestra propia vitalidad y
ahora hallaremos trocado el gozo en pesadumbre, el júbilo en melancolía? Todo aquello que veíamos,
¿fue objetivamente cierto o estaba tejido con imaginaciones y con ensueños de nuestra radiante mocedad?
Al cabo de los años -repito- volví a mis peregrinaciones y leo de nuevo este DIARIO.
Allí -me han ido diciendo mis recuerdos-, en la inmediata umbría, en la hondonada de este valle,
sobre las piedras de la verde loma, en las revueltas del camino frontero que se pierde entre matojos y
carrascos, se encendieron luces de gloria para una de las mejores generaciones de capitanes que ha
conocido España. ¡Quizá la mejor!
Y yo me preguntaba: «¿Cómo fue aquello? ¿Cómo pudo ser?»
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Estoy reviviendo, al través del recuerdo, años de pasión marroquí.
¡Qué luchar el de nuestro Ejército! ¡Y qué padecer!
Desde Madrid, y desde todas las ciudades españolas, llegaban hasta los blocaos de vanguardia y
hasta los campamentos de la retaguardia unas voces que decían:
«¿No será excesivo, y aún pueril o inútil, vuestro sacrificio? ¿Acaso no existen fórmulas de
arreglo y de compromiso que os evitarían más sufrimientos y os ahorrarían mayores duelos? ¿Por qué no
habéis de ensayar suavidades y lícitas componendas? La guerra es dura, cruel. No sabemos cuándo
terminará, ni si España verá el fin de los combates. Vosotros habéis cumplido con vuestro deber.
¡Cautela, cautela, muchachos! No os exaltéis. ¿Patriotismo? Sí; pero con medida y cálculo. Sed, ante
todo, prudentes.»
Así hablaban los acomodaticios.
Los energúmenos clamoreaban, también desde todas las ciudades de España:
«Sois carne de cañón. Los negociantes de la guerra os mandan al pudridero de Marruecos.
Vuestra carroña, inútilmente heroica, servirá para defender las minas de los millonarios. Moriréis para
enriquecer a los codiciosos. Y por añadidura concitaréis sobre vosotros y sobre España entera el odio de
un pueblo bravío que los propios beneficiarios de vuestro sacrificio están armando clandestinamente para
que así dure y perdure la guerra. Los dividendos de algunas sociedades anónimas se pagarán con sangre
de soldados españoles.»
A este segundo coro se unían no pocos orfeones extranjeros. Y con ello volvían los acomodaticios
a la carga:
«¿No veis? Desde fuera os advierten sabiamente. En París y en Londres saben mucho de estas
cosas; cuando ellos nos previenen, por algo será.»
Es casi fabuloso que el Ejército de Africa no sucumbiera ni ante el blando tono de los
capituladores, ni ante el estrépito de los vociferantes. Es casi milagroso que al toque de silencio de cada
noche en los campamentos, la meditación de nuestros capitanes, su examen de conciencia, les
mantuvieran firmes e inflexibles frente a tanta indignidad disfrazada de buen sentido.
Es evidente que el hecho de pertenecer a los cuadros de mando de un Ejército con rango histórico
aguza y afila el sentido del deber, porque sólo así se entiende que nuestros jefes y oficiales de Africa
conocieran con tan rigurosa y permanente exactitud cuál había de ser su conducta en el servicio de la
Patria. No podían engañarse sobre el porvenir de la acción de España en Marruecos. Aquélla no era
tierra nuestra; mandaban allí los españoles en nombre de una ajena soberanía; combatían y morían para
que, andando el tiempo, pudiera el Sultán de Rabat complacerse en el ejercicio pleno e indiscutido de su
autoridad. Eramos los hidalgos protectores de la minoría de edad política de un pueblo. Nuestra
presencia armada entre los marroquíes estaba tocada de irremediable provisionalidad, por la índole
misma del mandato internacional que cumplíamos… Pero, al mismo tiempo, allá se rescataba España
de pasados errores europeos y americanos; allá había de reanimarse la inextinguible llama del espíritu
español, y se nos ofrecía una decisiva bifurcación de caminos para que eligiéramos el que habría de llevar
a nuestro pueblo a la salvación de su histórico ser y de su destino. Conscientes de que ésta era su más
alta misión en Marruecos -aunque tampoco les parecía desdeñable, ciertamente, la que nos hacía
responsables del futuro marroquí- nuestros jefes y oficiales acendraban su decisión de combate y su
capacidad de sacrificio.
Vivían -y esto lo recordamos bien quienes tanto les acompañamos- en una especie de
españolísimo «no vivir en mí», sino como entregados a otra vida más noble, que consistía frecuentemente
en «morir de pie», como dice el francés Lacretelle que mueren los españoles.
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Apenas había reposo para aquella generación heroica. En cada una de las tareas militares se
acrecentaba el riesgo, y todas ellas eran como cilicios. Por senderos polvorientos o por veredas retorcidas y
pedregosas iba la breve columna de soldados amparando un convoy, encaminándose al relevo de una
pequeña guarnición, o explorando vaguadas sombrías y montes difíciles. Ardía el cielo con un sol
implacable y quemaban la piel las ráfagas del viento que venía desde los lejanos arenales del sur. Parecía
mortal el silencio del paisaje; pero más mortal podía ser un silbido, o un «maullido» -dirá el
Comandante de la Primera Bandera- que rasgaba la soledad. Era una bala salida de aquel peñasco en
que se quebraba la línea del horizonte. Todo estaba como al acecho, listo para saltar sobre la columna
abrasada de sed. Delante de los soldados, erguido como un alfil, marchaba el oficial, con su pistolilla al
cinto, con su gorra colorada o su gorrillo cuartelero. Iba cubierto de polvo y vibrante de ensueños. ¿Su
paga? Magra y estudiantil. ¿Su juego con la vida? Consistía en ponerlo todo al pleno de la muerte; de
una muerte que podía aparecer súbitamente en la llanura incandescente o en el aduar de la colina.
¡Cuántas veces, al caer la tarde, cuatro camilleros devolverían a la posición principal el cadáver de un
doncel iluminado de heroísmo; carne primaveral, fuerte y gozosa hacía unas horas, que, al morir, nos
legaba un espíritu inmortal, vencedor de la muerte!
Y así un día, y otro, y cien más, y mil de añadidura. Sin descanso apenas; sin término a la
vista; sin plazo ni cancelación. Polvo, sudor y hierro, como de las campañas del Cid se ha dicho en verso
español. De las que también se ha escrito, en verso francés, que estaban tejidas de honor y de madrigales;
porque «bravura y cortesía andan juntas cuando son auténticas», y no hay maneras más delicadas en la
historia de las humanas distinciones que las que fueron codificadas entre cotas, escudos y guanteletes.
Bravura y cortesía son hijas del honor, y el honor es para los capitanes de nuestra estirpe la luz
que muestra los caminos del deber. He aquí la clave y el lema: por el honor, al deber.
Distinguen algunos autores entre honor y honra diciendo que el primero es una cualidad que
impulsa al hombre a conducirse con arreglo a las más elevadas normas morales, y que la segunda se
refiere a la estima y respeto debidos a nuestra propia dignidad. Tal distinción me parece sobremanera
alambicada y artificiosa; pero aun cuando la admitiéramos como rigurosamente verdadera, habríamos de
concluir que tanto el honor como la honra son cualidades constantes de la personalidad española, al
punto que con escuchar o leer cualquiera de las dos palabras entendemos al punto y de una vez lo que las
dos significan.
El culto del honor y el mantenimiento de la honra, jamás desmentidos en el Ejército español,
llevaban a éste como de la mano a descubrir en Marruecos, sin error posible, los deberes más delicados y
difíciles. Por el honor, al deber. Gran consigna de vida, a diario acrisolada por aquellos oficiales, que
iban solos, delante de su convoy trajinante o de su columna de soldados, por las llanuras polvorientas y
por los senderos pedregosos, bajo un sol de fuego y entre silbidos de balas.
«Quand mon honneur y va, rien m’est précieux» -dice el Cid de Corneille. Podríamos
traducir libremente estas palabras diciendo: «Cuando mi honor está en juego, ¿qué me importa lo
demás?»
Se ha dicho de los españoles que «ponemos el honor por encima del deber». Acaso sea exacta esta
atribución, pero entiendo que no sucede así por vana preferencia o por retórica vanagloria, sino que en la
historia de nuestro Pueblo y de nuestro Ejército, el honor aparece sobre el deber como la luz sobre el
cuadro, para iluminarlo de modo que mejor muestre su belleza.
En esto de subrayar realidades de España es útil, muchas veces, repasar textos extranjeros; y
así, creo que fue Stendhal quien dijo que «el pueblo español ignora toda una serie de pequeñas verdades,
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pero conoce profundamente las grandes, y tiene carácter e inteligencia suficientes para atenerse a sus
últimas consecuencias».
¡Las últimas consecuencias! Hubiera sido muy sencillo y muy cómodo para nuestros militares de
Marruecos ceder, siquiera fuese un poco, a las corruptoras voces que les llegaban, atenuar su propio
ímpetu, escatimar heroísmos y disimular deberes, pero no hicieron tal porque tenían comprometido su
espíritu «hasta las últimas consecuencias». Millones de españoles no supieron comprenderlo entonces;
muchos son los que tampoco después han querido entenderlo, y todavía queda por esos andurriales del
mundo, pudriéndose en vida, tal cual sujeto de baja condición que continúa, erre que erre, la obra de
difamación antiespañola y antimilitar a que siempre vivió entregado. Que Dios y España le perdonen, y
el Pueblo español lo recuerde.
En Marruecos, como antes en Cuba y en Filipinas, y, por supuesto, en toda su gesta exterior,
americana, europea o africana, el Ejército español, con sus grandezas y sus servidumbres, sus excelencias
y sus flaquezas, ha sido la expresión colectiva más fuerte y cabal de nuestro pueblo, la cifra más alta de
nuestro ser nacional. Y es esa misma representación suprema del espíritu de España la que le ha
convertido en blanco favorito de las ajenas bellaquerías y de las traiciones interiores.
Con el largo sacrificio de los capitanes de España en las guerras de Cuba habría para colmar de
gloria las páginas más exigentes, y aquí hubo más de uno y más de cien que trataron de convertir no
pocos de aquellos resplandores en baldón de ignominia. Los altos y claros motivos de orgullo que encierra
el famoso «expediente Picasso» (vosotros, españoles jóvenes, no sabéis, probablemente, lo que fue aquel
documento) piden frecuentemente el laurel y el mármol; y se pretendió entre nosotros transformarlos en
oscuras razones de vilipendio contra el Ejército nacional. Nada menos que un Gobierno conservador, y
unas Corles de abundante mayoría monárquica, armados del inolvidable «expediente», decidieron poner
en la picota a nuestras Instituciones Armadas y convertir la honra del Ejército español en comida
destinada a las fieras de la demagogia.
No prevaleció el conato de tan grave afrenta; porque en Marruecos defendían la vida de España
unos jefes y unos oficiales revestidos de imperturbable serenidad y de fría cólera, impulsados por una
resuelta voluntad de vencer y profundamente seguros del rumbo que debían seguir los destinos nacionales.
Eran la seguridad, la decisión y la serena cólera que «casi le dieron miedo» a mi amigo el corresponsal,
el día de Taxuda.
Sobre el Ejército de Africa se ensayaron todos los vituperios, incluido el de la cobardía. El
Comandante de la Primera Bandera sale al paso, y cuando recuerda a los bravos de Igueriben, Dar
Quebdani o de Arrof, escribe:
«En los primeros momentos del desastre, el dolor de la tragedia nubló la gloria de muchos de
nuestros compañeros muertos en la defensa heroica de sus puestos; más tarde, humanos egoísmos dejaron
en silencio estos hechos gloriosos. El pueblo sabe cómo se rindió tal posición, pero ignora cómo han
muerto sus mejores soldados.»
Y termina la alusión a los héroes con este clamor: «¡Salve, gloriosos soldados de la Infantería! El
horror del desastre no podrá nublar vuestra gloria.»
Momentos hubo en que se pensó en disolver aquel Ejército, en crear una simple fuerza
mercenaria, separada de las raíces nacionales, llamada a extinguirse y a morir, como una caravana de
aventureros, en los barrancos africanos. El Comandante Franco siente que otra vez le asoma a los ojos
la frialdad de una patriótica ira, pero, sin perder su medida y su compostura, comenta:
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«En nuestra vida de Xauen nos llegan los ecos de España; y vemos el apartamiento del país de
la acción del Protectorado, y la indiferencia con que se miran la actuación y el sacrificio del Ejército; de
esta oficialidad abnegada que un día y otro paga su tributo de sangre entre los ardientes peñascales.»
Como la Revista de Infantería recogiera algunos de los extravagantes proyectos militares a que
acabamos de aludir, y esos proyectos equivaliesen al intento de aniquilar los mejores ímpetus de nuestras
Instituciones castrenses, el Comandante Franco prepara unas cuartillas que en el DIARIO aparecen
reproducidas, pero cuya publicación en la Revista no fue jamás autorizada. Era la primavera de 1921.
Nuestro jefe legionario apuntaba la siguiente afirmación, que, leída ahora, alcanza valor de profecía:
«La campaña de Africa es la mejor escuela práctica, por no decir la única, de nuestro Ejército, y
en ella se contrastan valores y méritos positivos. Esta oficialidad, de espíritu elevado, que en Africa
combate, ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular…»
AUN HE DE EXTRAER del DIARIO DE UNA BANDERA otra reflexión.
El verdadero alcance de este libro, es decir, la intención y propósito del autor, al redactarlo, no
terminan -como he insinuado antes- con ser expresión de un sentido del honor y una interpretación del
deber. Esto sería mucho; pero hay algo más: hay… «el hambre de acierto».
En las campañas del Oriente de Cuba, en las correrías y maniobras de Las Villas o de Pinar
del Río, en el ir y venir por vericuetos y playas de Manila, Luzón o Mindanao, también se derrochó
valor, y se llegó muchas veces a prodigios de sacrificio… Viniendo a días más cercanos a nosotros, ¿no
hemos visto lo que fue, como sublime ejemplo de holocausto, la defensa de Igueriben en vísperas de
Annual?
«El nombre de los defensores de Igueriben debiera figurar con letras de oro en el libro de nuestra
Infantería -leo en el DIARIO-. El Comandante Benítez hizo de esta posición la defensa más heroica.
Sin agua, sin víveres, Benítez resistía y el convoy no llegaba. Un día triste se desistió del socorro. Se les
autorizaba a rendirse, a entrar en tratos con el enemigo; pero Benítez y los suyos conservan en su alma el
temple de los heroicos infantes, y de labios de un testigo hemos oído el último telegrama: “Los jefes y
oficiales de Igueriben mueren…, pero no se rinden.” Y ponen fin a sus vidas con el más grande de los
heroísmos.»
Esa grandeza de ánimo es digna de encendidas alabanzas, pero el primer Comandante de la
Legión quiere más; mucho más; quiere… el acierto, la eficacia, la victoria. En este sentido, la generación
militar que en 1922 se preparaba para ser «nervio y alma» de España muestra diferencias esenciales
con lo que fueron los cuadros de jefes y oficiales de nuestro Ejército en amargas campañas anteriores.
Un cubano muy distinguido y bien informado de mil episodios de la guerra que preparó la
independencia de su país, me contó hace años el siguiente episodio:
-«Estábamos mi padre y yo -decía el doctor Benigno Souza, que éste era el cubano a quien
aludo- en el ingenio Mi Rosa cuando llegó una columna española mandada por el general… X. Pocas
horas antes había pasado por Mi Rosa la caballería mambisa. El propio Máximo Gómez iba al
frente.
»-Por mi rastro vienen los españoles -comentó “el viejo” hablando con mi padre.
»Alejóse el caudillo dominicano no más de tres o cuatro kilómetros y acampó en un potrero muy
conocido.
»-Puede usted decir al general… X, que he estado aquí. No pase cuidado, que no lo tomaré a
mal. Ya verá como esta vez no hay combate.
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»Llegó, en efecto, muy a poco, el general en cuestión, con una columna fuerte, aunque fatigada.
Los primeros soldados entraban en el batey del Ingenio cuando los últimos caballos de Máximo Gómez
se internaban en el cercano potrero.
»El general interrogó:
»-¿Ha estado por aquí Máximo Gómez?
»-Por aquí ha pasado, en efecto, y no debe dé andar muy lejos.
»El General meditó un instante, y decidió:
»-Estoy seguro de que le tengo muy cerca; pero, ¡mire!; voy a cansar más a mis soldados; me
expongo a sufrir unas cuantas bajas, y a ese zorro no le veré ni la cola. De modo que, vamos a
descansar; y sea lo que Dios quiera.»
Aquel general era, sin duda, un hombre de honor, un soldado generoso y valiente, capaz de
heroísmo; pero le faltaban el afán de acierto y la voluntad de vencer. Con nuestra gran generación de
capitanes africanos, es decir, con esta que desfila por las páginas del DIARIO, ese «vamos a descansar»
hubiera sido absolutamente imposible.
El General en Jefe y Alto Comisario de España en Africa, al referirse al llamado «combate de
Annual», preguntaban «Pero, ¿se combatió en Annual?»
Es cierto que no se combatió; y precisamente en ese no combatir reside el secreto de la desventura
que sufrimos. El Comandante de la Primera Bandera, a quien no duelen prendas cuando llega la
ocasión, ha visto el problema con extremada claridad y nos ha dejado en el DIARIO este juicio
verdaderamente severo:
«En Marruecos, la labor política y la militar han ido siempre emparejadas. No ha sido la
ausencia de la primera lo que nos llevó, como alguien cree, al desastre de Julio. Si hubo algún error o
desacierto, no es justo atribuir a ello las causas del desastre; examinemos nuestras conciencias, miremos
nuestras aletargadas virtudes y encontraremos la crisis de ideales que convirtió en derrota lo que debió de
haber sido un pequeño revés.»
Estas líneas invitaban en 1922 a muy seria meditación. Quien las escribió no había alcanzado
todavía plenitud de autoridad nacional. Era no más que un comandante; una estrella solitaria en la
bocamanga. Pero, ¡cómo ahondaba ya en ciertas capitales realidades del país! «Triste» le pareció el día
en que se renunció a socorrer la posición del Igueriben; «triste», sin duda, porque acusaba un
inconcebible letargo de «nuestras virtudes». Ahora, al referirse a la jornada de Annual, afirma que
aquello no debió de haber sido sino «un pequeño revés». Y frente a la posición de Dríus, meditativo entre
sus legionarios, asegura; «Cuanto más se avanza, menos se explica lo ocurrido. ¿Cómo no se habrá
detenido en Dríus la triste retirada?»
¡Qué graves acusaciones lanzan nuestros nuevos capitanes contra unas ideas y unos modos que
no han engendrado sino fracasos!
Resumen: Se pudo llevar un convoy de socorro a Igueriben, pero no hubo convoy; pudo reducirse
la dificultad de Annual a los términos de un episodio sin importancia, pero acabó en un desastre; era
perfectamente posible detener la retirada en Dríus, y, sin embargo, continuó el éxodo hasta terminar en
las matanzas de Monte Arruit y de Zeluán. Los hombres -nos da a entender el DIARIO- eran
buenos, los soldados magníficos, los jefes y oficiales fieles al concepto del honor, sensibles a la idea del
deber y formados para el heroísmo. Sin embargo, ¿por qué cedieron a la pasajera adversidad? ¿Cuál fue
el misterio de aquella desgracia? ¿Cuál la causa? Pase que alguna vez sea «sobrepasado el coeficiente
moral de una tropa». Todos los Ejércitos han conocido trances parecidos. Recordemos las horas de
Taxuda. El Comandante Franco siente respeto, humanísimo respeto, hacia los que vacilan un instante,
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hacia quienes, cansados de combatir, flaquean durante un momento. No escribirá una sola palabra que
pueda parecer humillante para quienes luchan y mueren por España… Pero clama ante todos y para
todos en nombre dei espíritu; porque es necesario que los españoles vuelvan a confiar en las fuerzas del
espíritu. Así se anuncia la nueva generación, que aspira a rescatar al país de los tremendos letargos de
Cuba y de Filipinas, y de otros más próximos a nosotros, como los de Julio de 1921. «¡Volcamos
nuestro espíritu! -dicen las notas de un día crítico. ¡Nuestro espíritu! Es decir: el que ordena y manda al
jefe ser para los soldados un padre; el que dispone que una operación sea preparada con extremado celo y
con útil cuidado para prevenirse en la medida de los humanos recursos contra todo posible fracaso; el que
instituye una disciplina que ninguna fuerza podrá quebrantar jamás; el que exige la conquista de una
posición, y obliga a que, una vez conquistada, se sujete decisivamente al dominio de la tropa
conquistadora; y si por un azar del combate hubiera de ser abandonada, no dure el abandono más que
el tiempo indispensable para lanzarse ardientemente, pero también lúcida y reflexivamente, a la
reconquista; el que nunca, ¡nunca!, desespera ni cede al desaliento, sean cuales sean las circunstancias; el
que, en fin, no se contenta con ofrecer a España caudales de honor y heroicos cementerios, sino que desea
brindarle victorias.» Ese es el ánimo que prevalecería catorce años después de la publicación del
DIARIO DE UNA BANDERA, y por eso fueron posibles, en nuestra Guerra de Liberación, el
paso del convoy entre Ceuta y Algeciras, la defensa del frente aragonés con escasísimos medios de
combate, la liberación del Alcázar de Toledo, la defensa de Oviedo y de Huesca, las jornadas de
Brunete, las de Teruel, la resistencia en Extremadura, la batalla del Ebro… ¡el triunfo que culminó el
día primero de abril de 1939!
Los tiempos del asalto a la posición de Izarduy (así llamada en recuerdo de un joven y brillante
oficial), nos parecen ya legendarios.
Hay un lienzo de Mariano Bertuchi en que se ve cómo una sección de Regulares va a coronar la
loma. Va a la cabeza el teniente Franco Bahamonde. Desde el puesto de mando de la columna, los jefes
asisten a un espectáculo de verdadera belleza militar.
Lo mismo fue en el Biut, donde la muerte rondó muy de cerca a nuestro héroe. E igual en la
playa de Axdir y en el Monte de las Palomas. Así en todas partes, a lo largo de los años, ayer como
hoy, y hoy como será mañana.
No es sorprendente que el «espíritu» prevaleciera en Izarduy; pero cuando llegasen horas
extraordinariamente más complejas, también prevalecería; porque en la historia de los Ejércitos, aun
suponiendo una igualdad de preparación y de elementos materiales, la victoria se ha inclinado siempre del
lado de la superioridad espiritual. Al Comandante Franco Bahamonde no se le ocurre jamás dar
lecciones de valor y de coraje, que en este punto no necesitan ser aleccionados los jefes y oficiales del
Ejército de España; pero le importa recordar, en nombre de toda una generación, que el heroísmo no
debe limitarse a ser arrebato de una hora, renunciación de un instante, sacrificio de un día, sino que
supone todo un modo de vida, una norma del existir, del sufrido existir cotidiano, entre silencios o, si es
necesario, entre abandonos y desdenes. Como acontecía en Marruecos.
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HE QUERIDO DAR a entender algo de lo que, a juicio mío, podemos leer entre las líneas
del DIARIO. ¡Ojalá lo haya logrado!
Se ha dicho que es característico de la política española crecerse en los momentos de dificultad y
abandonarse en los normales, sin meditar que del abandono en las horas de normalidad suele venir que
sean muy sangrientos, y frecuentemente inútiles, los desesperados recrecimientos de los días difíciles.
El Comandante Franco Bahamonde, como Jefe de la Primera Bandera, cuidó de no
abandonarse jamás; y no alcanzábamos a saber si vivía incesantemente en trance de normal dificultad o
permanentemente en espíritu de difícil normalidad.
Nada de lo que le importaba solía quedar entregado al azar. (¡Memorable operación de sorpresa
sobre las alturas del Visan!) Si había que improvisar alguna vez, la improvisación se parecía a la de
esos oradores que rompen a hablar con gran fluidez sobre temas de diaria meditación. ¡Qué Primera
Bandera de la Legión! En ella comenzó a transmutarse en viva sustancia española el retintín francés
que precedió a su nacimiento. En ella empezaron a resucitar de verdad los Tercios; y a la Madelón
sucedió la música celtibérica de los novios de la muerte. El Comandante Franco Bahamonde fue quien
la formó, a imagen y semejanza de su propio espíritu, según verán quienes lean este DIARIO.
MANUEL AZNAR.
Madrid, julio de 1956.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
Diario de una Bandera.
Comandante Franco.
Ofrenda
A los muertos por España en las filas del Tercio de Extranjeros.
Al Comandante Franco le vi por vez primera en Valdemoro, habíamos ido allí a un curso de
tiro; me nombraron entre todos los compañeros encargado de hacer la Memoria y busqué, entre los
que allí había, quiénes me habían de ayudar en tan ardua labor, y entre ellos y por natural impulso,
por simpatía personal tan sólo, invité, entre otros, a Franco, de aquí nace nuestra amistad y el alto
concepto que tengo de este Jefe.
Cuando hube de organizar la Legión, pensé cómo habían de ser mis legionarios, y habían de ser
lo que hoy son; después pensé quiénes serían los Jefes que me ayudasen en esta empresa y designé
a Franco el primero, le telegrafié ofreciéndole el puesto de lugarteniente, aceptó en seguida y henos
aquí trabajando para crear la Legión; los Oficiales los elegí en la misma forma y así llegaron
Arredondo, el primer Capitán, Olavide, el primer Teniente y todos los demás.
El Comandante Franco es conocido de España y del mundo entero por sus propios méritos y las
características que ha de reunir todo buen militar, que son: valor, inteligencia, espíritu militar,
entusiasmo, amor al trabajo, espíritu de sacrificio y vida virtuosa, las reúne por completo el
Comandante Franco. Pasad a leer su libro y aunque él con sentida modestia no se nombra a sí
mismo, ni hace del libro coro de interesadas alabanzas de sus compañeros, de la lectura iréis
obteniendo quién es Franco y quiénes son los legionarios y los Oficiales de la Legión.
El Teniente Coronel Primer Jefe de la Legión Extranjera,
JOSÉ MILLÁN-ASTRAY
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
Primera Parte: El territorio de Tetuán
I – La organización
Octubre 1920
Al embarcar en Algeciras, se apiñan en las barcazas, al costado del barco, un centenar de hombres
de distintos aspectos; al lado de los trajes azules de mahón, blanquean los sombreros de paja, trajes
claros, rostros morenos curtidos por el sol, hombres rubios de aspecto extranjero y jóvenes mozalbetes
de espíritu aventurero. Silenciosos, dirigen su mirada enigmática al barco que les ha de conducir a
Ceuta y momentos después desfilan rápidos por las escalinatas, dirigidos por una clase.
En el barco, en franca camaradería, comienzan las bromas y distracciones, forman un corro sobre
la cubierta, el juego del paso se generaliza y pronto españoles y extranjeros saltan y ríen dando al
olvido su vida anterior. Parece que vuelven a ser niños; pero los fuertes vaivenes del barco imponen la
formalidad y mientras unos se tumban, otros en pie dirigen su vista hacia la costa, adonde les lleva su
nuevo destino.
Estos son los futuros legionarios; muchos de ellos han escrito con su sangre las páginas de este
libro y yo les contemplo con la simpatía de los que van a encaminar sus vidas juntos.
Al llegar a Ceuta, una gasolinera se acerca rápida; en ella se distingue la silueta de nuestro
Teniente Coronel Millán Astray, que, con gesto enérgico, agita su gorro en el aire; en el muelle nos
abrazamos (Ya estamos juntos! Allí está el Jefe, y en el barco llega el material para la obra.
En minutos, desembarcan y forman los futuros legionarios, la gente se agrupa, se hace silencio
y la voz enérgica del primer Jefe da la bienvenida a sus nuevos soldados que desfilan hacia la
población. Se alejan en silencio profundo, con las cabezas erguidas y el paso firme, como aquellos que
están poseídos de lo que significa ser soldado. Presenciando el desfile, la emoción nubla nuestros ojos,
(es nuestro sentimiento legionario que alborea!
Entra en el cuartel la expedición, a su paso se agrupan los llegados en días anteriores, deseosos de
saludar a los nuevos camaradas; pero éstos son conducidos a un pequeño patio donde ha de hablarles
nuestro Teniente Coronel; con palabra elocuente les dice el compromiso que van a contraer; la Legión
les abre sus puertas, les ofrece olvido, honores, Gloria; se enorgullecerán de ser legionarios; recibirán
sus cuotas y percibirán los haberes prometidos; podrán ganar galones, alcanzar estrellas; pero a
cambio de esto, los sacrificios han de ser constantes, los puestos más duros y de más peligro serán para
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
ellos, combatirán siempre, morirán muchos, quizá todos…
Los futuros soldados le miran fijos, parecen sentir sus palabras, y en algunos de los ojos de
aquellos curtidos rostros se ve brillar la emoción; pero aún es tiempo, con una sola palabra pueden
volver a sus puntos de origen; les basta con decir al médico que les duele la garganta, cuando les pasen
el último y definitivo reconocimiento. No es necesario; en forma solemne y con las gorras y sombreros
en alto, juran morir por la Legión.
Salen de filas los extranjeros; entre ellos se adelanta un alemán, antiguo oficial de la Guardia;
otro italiano, aviador en su país, dos franceses, cuatro portugueses y un maltés; todos ellos con acento
firme y en voz alta responden a las preguntas que les dirige el Jefe; avanzan luego los que han servido
en el Ejército con anterioridad; guardias civiles y carabineros licenciados, antiguos soldados y clases
del Ejército, el militar de profesión, el que sólo ha nacido para ser soldado.
Horas después, el reconocimiento médico ha apartado de este contingente una veintena, entre
enfermos crónicos y hombres agotados o poco resistentes, sin salud para ser legionarios, y había que
contemplar a aquellos náufragos de la vida suplicar y aun llorar para ser enganchados.
Entre ellos se distingue, por su interés en quedarse, un joven de aspecto enfermizo cuyos ojos
lloran:
-(Señor, déjeme ser legionario! -dice suplicante-, que yo le prometo ser muy buen soldado. Mire
usted que es una penitencia.
Y refiere cómo abandonó el convento en que iba a hacer sus votos atraído por el mundo, luego
arrepentido quiso volver a él, y el Prior le puso, como penitencia para recibirle, que probase su
vocación sirviendo como voluntario en la Legión Extranjera; si pasados cuatro años seguía con este
pensamiento, podría reingresar en el convento.
El Jefe le mira, hubiera querido complacerle, pero su aspecto es tan débil que no podría resistir la
vida de la Legión. No es posible, volverán a sus hogares. Los declarados útiles entran de lleno en la
vida del cuartel.
EN LA POSICIÓN A, a tres kilómetros de la Plaza, empieza la organización de las primeras
unidades de legionarios, cobran las cuotas de enganche, que alegremente gastan en la población, y en
unos días de orgía se despiden de los placeres y atractivos de la vida ciudadana.
El 16 de octubre se ordena marchen a Riffien las tres primeras compañías organizadas, que pasan
a constituir la primera Bandera de la Legión. Este lugar ha de ser en lo sucesivo cuartel de legionarios.
La instrucción comienza; en las explanadas los pelotones de legionarios se instruyen bajo la
dirección de los oficiales, otros al pie del monte efectúan sus primeros ejercicios de tiro, pues muy
pronto las necesidades de la campaña les han de llevar a un puesto de vanguardia.
Un grupo de cuarenta de estos soldados reciben orden para salir como acemileros a las
operaciones de Xauen; los compañeros les ven marchar con sana envidia; todos ansían la ocasión de
demostrar sus entusiasmos; y aquéllos, felices, alcanzan el honor.
La novela de la Legión empieza a tejerse. La vida ha reunido en sus filas hombres tan distintos
que, perdidas en el mundo sus vidas, hoy se relacionan y unen; aquí se encuentran hermanos
separados desde hace muchos años; cada día que pasa salen a la luz más detalles de su interesante
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
historia. Hoy es un legionario de edad madura y aspecto de hombre cansado el que cruza la calle; lleva
la cabeza alta como los legionarios, pero su paso es algo perezoso, la plata de los años blanquea sobre
sus sienes y salpica su barba descuidada; al pasar ante un oficial del Ejército, levanta su brazo para
saludarle; el oficial se detiene se miran unos segundos y se abrazan llorando… Este oficial era su hijo…
(Por qué distintos caminos les empujó la vida!
Otro día es el Teniente Coronel el que nos relata una anécdota de un legionario. En la puerta de
su casa, un soldado alto, de barba rubia y rostro curtido, con aspecto de hombre de mar, permanece
firme; con su mano derecha suspende un enorme pescado: *Mi teniente coronel -dice-, me he pasado
la noche pescando este pescado para usía y aquí se lo traigo.” Lo que había cogido por la noche era una
Amerluza@ que aún le duraba y había pernoctado fuera del campamento.
En la vida del cuartel se registran sucedidos curiosos; soldados que al ir a cobrar las sobras se
olvidan del nombre que han dado al filiarse y tienen que acudir a mirar una nota escrita que llevan en
el bolsillo. Otro legionario llega retrasado cuando se pagan las sobras (recibe este nombre el dinero
que diariamente recibe en mano el soldado), se presenta al oficial y éste le pregunta: )qué quieres, las
sobras? -Lo que deseo es lo lícito, no quiero sobras, contesta el interrogado dolido.
Así se van sucediendo mil episodios de la vida de estos hombres que bajo las Banderas de la
Legión se sienten caballeros.
UNA LLAMADA al teléfono pone en conmoción al campamento; el Teniente Coronel da aviso
de que un General inglés nos va hacer el honor de visitarnos, las órdenes para la información se
suceden y un rato antes, al formar las compañías, se dice a los soldados que va a revistarnos un
General extranjero.
Las unidades esperan formadas en orden de parada; un cornetín señala con sus notas agudas la
llegada del visitante, suenan la Marcha Real inglesa y española y los legionarios firmes, inmóviles,
como estatuas, se presentan en su primera revista. La música interpreta el Tipperary y con la alegre
marcha inglesa revista la fuerza, seguido de nuestro Teniente Coronel, el veterano General de los
campos de Europa.
Momentos después desfilan los legionarios. Es la primera vez que marchan reunidos; contados
fueron sus días de instrucción; pero sus espíritus despiertos lo hacen todo, y poniendo sobre el hombro
las armas, marchan con la gallardía y soltura de viejos soldados. La felicitación del general inglés fue
el más alto honor para nosotros. Se iba satisfecho de su visita; el tiempo vino a ratificarlo; recientes
están aún sus palabras en la prensa inglesa en defensa de la Legión Extranjera española, que conoció
en sus albores.
Unos días después y en el llano del Tarajal se celebra la Jura de la Bandera de los legionarios
alistados. A la hora señalada concurren en el llano las tres primeras Banderas en organización, y
formados en tres extensas líneas, presentan las armas al paso de la sagrada Bandera; el Teniente
Coronel les dirige breves palabras y les toma el juramento de fidelidad; a sus frases responden los
legionarios con el gorro en alto jurando morir por la Legión, y besando la sagrada enseña desfilan
marciales oficiales y soldados.
A los acordes de la Marcha Real se aleja por la carretera la Bandera en que prestaron su
juramento los soldados, la vemos alejarse con emoción pero sin pena, (no es nuestra propia Bandera,
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
que aún tenemos que ganar…!
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 10 Parte:El territorio de Tetuán
II – De Riffien a Uad-Lau
El día 2 de noviembre llega al campamento la orden de salida para Uad-Lau; el campamento
hervía, la noticia era comentada, todos se disponían a preparar su marcha. Se entregan los equipos y
los nuevos correajes *Mills+ de lona inglesa; los oficiales les explican la manera de ajustarlos y
atienden a los mil preparativos de una tropa que, al moverse por vez primera, verifican con
aturdimiento.
En la extensa explanada, al ruido del trajineo, se mezclan las órdenes y voces de mando. La
llegada del nuevo ganado viene a aumentar el trabajo, se nombran los nuevos acemileros, se recoge
el material y ultiman las disposiciones para la próxima partida.
El toque de silencio no pone fin al trabajo en esta noche; la luz de los faroles se ve ir y venir, y
mientras la tropa, rendida, se entrega al descanso, siguen los oficiales y clases su tarea. Es ya muy
tarde cuando el campamento duerme.
El amanecer del nuevo día coge a los legionarios levantadosla Babel del campamento se pone en
movimiento, nadie está ocioso, todos trabajan para preparar la salida; una caravana de moros sube la
calle principal del campamento; les conduce un oficial de policía; son los indígenas que han de ayudar
a llevar la impedimenta.
Al toque de corneta forman las unidades, llega la hora de partida y a los compases de las cornetas
desfilan los legionarios por la calle del poblado; detrás, perezosamente, marchan los mulos de la
impedimenta.
La marcha se hace sin incidentes, la tropa camina a buen paso, las canciones se elevan de entre
las filas y con los cantos regionales al ternan algunas de las canciones legionarias, las canciones de los
soldados, las que ellos mismos han compuesto.
El sol se pone cuando damos vista al poblado del Rincón, término de la marcha. A la derecha de
la carretera, las lagunas del Sir relucen como un lado de plata bajo los negros crestones de la sierra de
Antera, y en la rinconada formada por el cabo Negro, inmediatas a la playa, blanquean las casas del
poblado muerto, al reducir su guarnición se acabó el tráfico que a su calor VIVIR y las cantinas, con
sus grandes letreros, permanecen cerradas. Este es el fin de muchos de los lugares donde se estabilizan
las columnas; a su abrigo se van formando pueblos que luego languidecen y casi mueren al alejarse
los soldados.
Los cantos siguen y el estribillo de la canción legionaria persiste en la columna:
Legionario, legionario soy,
Y mi niña, dice, cuando a verla voy,
(Niño mío!, yo quiero ser la primera
Que se abrace a la Bandera Ganada por la Legión…
Sólo detrás, en la retaguardia, se escuchan los juramentos de los acemileros en lucha con los
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
mulos. Varias cargas tiradas por tierra retienen a su inmediación a los soldados de la retaguardia con
su oficial, servicio éste de lo más penoso en campaña; no ha de dejar nada tras de sí, debe entrar el
último en el vivac. Así llega, ya entrada la noche, al campamento, en busca del merecido descanso, la
sufrida sección de este servicio.
AL DÍA SIGUIENTE se reanuda la marcha a Tetuán. Raya el alba cuando se alinea, sobre la
carretera polvorienta, la Bandera con su impedimenta, y pronto se rompe la marcha en dirección a
Tetuán; a la salida del desfiladero el calor se hace sentir, no obstante ser esta época la del clima más
agradable en esta zona, y los soldados recorren la recta carretera esperando dar vista a la ciudad de las
mezquitas. Las conversaciones se animan; un cabo, antiguo oficial del Ejército, cuenta a otros sus
operaciones en aquellos campos; vivió en Tetuán donde tiene amigos y amigas y su escuadra lo pasará
bien; otro explica a los camaradas inmediatos la situación, a la derecha, de la finca Ruiz Albert, donde
se produjo la agresión, comienzo de la campaña; un cabo habla de Alarcón y de la descripción que
hace de la ciudad, y todos esperan contemplar la paloma dormida.
Un grito de alegría parte de la vanguardia, (Ya se ve Tetuán!, las siluetas de sus torres se dibujan
en el horizonte y el griterío recorre las filas; al final de las huertas, majestuosa Y blanca, se alza la
ciudad; la alcazaba destaca sus murallones ocres sobre las albas casas y a su píe, como ropa tendida,
blanquean las sepulturas y azulejos de los cementerios.
Las huertas de la vega han recobrado su antigua paz; la guerra se ha alejado de aquellos lugares
y sus torres blancas y cerradas sirven de recreo a los ricos de la ciudad, a cuyos muros nos
aproximamos.
En la Puerta de la Reina se detiene la columna; ante nuestros ojos se presenta la parte más bella
de la huerta tetuaní, 1 as casitas blancas duermen entre el verde arbolado y en el fondo del valle de
Kitzan, sobre una pequeña colina de espesos olivos, se levanta la torre del Morabo.
Por esta puerta, entran en la ciudad gentes del campo: moras sucias y desgreñadas, cargadas con
haces de leña; burros enanos que se tambalean con su pesada carga y moritos chicos de caras sucias,
que miran con curiosidad a los nuevos soldados, -(Paisa, trai pirra! -es su saludo favorito, y algunos
espléndidos les arrojan alguna moneda que se disputan, mientras otros, más prácticos, les contestan
con dichos y bromas.
Después de un pequeño alto, desfilan por la plaza de España, ante nuestro general en jefe, los
legionarios; la gente se apiña a su paso. Y es ante el desfile de estos recios soldados cuando se sienten
las grandezas de la raza.
A la caída de la tarde Y después de un largo descanso, llega a las lomas de Beni-Madan la Bandera
en marcha. Una hora antes había salido la impedimenta con una sección de protección y guías
indígenas.
El sol se pone cuando se trata de establecer el vivac, pero los acemileros y moros no aparecen, se
han perdido de vista; sin duda, han tomado otro camino Y les habrá sorprendido la caída de la tarde;
se sube a las alturas, se mira el horizonte, pero la noche va tendiendo su velo, las sombras se
confunden, el vivac se establece y el convoy no llega.
Aunque la región está pacificada, se hace necesario buscar la impedimenta, saber donde
acampan, y varios policías salen en busca de la unidad perdida.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
El alférez Montero manda el convoy; son sus primeros pasos en África. La noche cierra y todos
pensamos en la Apapeleta@ del joven alférez perdido durante su primera noche en los montes
africanos.
La ausencia del convoy nos priva de los víveres e impedimenta, pero unos mulos que, rezagados
en la marcha, siguieron nuestro camino, nos permiten condimentar una sopa, y en el poblado cercano
se compra un toro para preparar un asado; esta es la comida improvisada del soldado. Nuestro menú
no tiene variación del anterior y con la sopa tomamos unos trozos de solomillo asado que saben a
lamparilla de iglesia y que en aquellos momentos nos parecen sabrosísimos.
Al acostarnos aquella noche, sin mantas, sobre la dura lona de las camillas, nos hacemos todos la
misma pregunta: )qué será del convoy? )qué hará Monterito?
El galopar de unos caballos nos despiertan; son los policías que salieron en busca del convoy; no
han encontrado nada, han recorrido los caminos, han gritado inútilmente. Hay que esperar la mañana.
EL TOQUE DE DIANA anima el campamento, pero mucho tiempo antes se siente el pasear de los
legionarios. El frío les ha levantado del suelo. La ausencia de los equipajes nos iguala en confort, y
amanecemos sentados al lado de las cocinas, esperando una sopa que la falta de café nos impone; y
con esto y una lata de mermelada encontrada en el morral de un asistente, organizamos nuestro
desayuno.
Antes de emprender la marcha hacia Misa, mandamos por nuestra derecha en busca del convoy,
que se nos une al poco tiempo. Llegan rotos y negros, como si hubiesen pasado la noche entre carbón.
Unos y otros se miran y ríen entre bromas y chascarrillos.
Hacemos un descanso en la marcha y sentados en una choza de la playa Sla (cafetín de
pescadores), el alférez Montero nos refiere ante unos vasos de rico té su primer episodio de la
campaña.
Les sorprendió la noche, los guías les habían llevado por otro camino y al notar que el sol se ponía
sin ver venir a la columna, quiso Montero buscar un sitio a propósito para el vivac, y en una calva del
monte se estableció sin notar que ocupaba una parcela quemada que fue lo que les tiznó cual
carboneros. La noche la pasaron en silencio profundo, temiendo ser sorprendidos; desconocían la
fidelidad de los moros de estos aduares y por esto callaron cuando se oían llamar por los indígenas que
pasaron a muy pocos pasos de ellos. (La montiru!, acemileros, creían entender. Por esto no durmieron
aquella noche.
El camino que seguimos serpentea a lo largo de la costa y después de remontar uno de los
espolones de la montaña, coronado con una torreta, damos vista a un reducido y pintoresco vallecito
rematado por extensa y tendida playa; en el centro del valle se alza, en una pequeña colina, la casa
oficina del puesto de policía, y en la orilla del mar, cual delgadas piraguas, se mecen las barcas de los
pescadores al efectuar el tendido de las redes, que más tarde retiran, en larga fila, una veintena de
indígenas con paso rítmico.
En este valle y a la orilla del mar establecemos nuestro campamento; el martilleo de los
pequeños mazos sobre los piquetes se hace sentir y, simétricas, se van alzando las lonas kaki de las
tiendas individuales; delante, en las tiendas de los oficiales, ondean, con vivos colores, los banderines
de las compañías.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
El cielo está nublado, la tormenta se avecina y en pocos minutos una lluvia torrencial hace correr
a los soldados a guarecerse bajo las lonas, otros, más prácticos, se instalan en los cafetines morunos,
que ganan en unas horas lo que no han ganado en muchos meses. Allí sirven la pequeña sardina a la
usanza del país, que salan y asan sobre las brasas; sardinas que, con el consabido té moruno, nos
compensan de la vigilia de la noche anterior.
La lluvia pasa pronto y los legionarios empiezan los juegos. En la plaza corre el balón y, entre
bromas y canciones, pasa la tarde.
El sol se pone, las cornetas rasgan el espacio, suena la oración, los soldados, firmes, saludan en
silencio y en estos instantes de mudez y recogimiento parece que como un torbellino recorre el
pensamiento la ola del recuerdo.
Al morir el día, el campamento torna al descanso y en la noche fría y nublada sólo se siente el
chisporrotear de las hogueras y los pasos tranquilos de los centinelas.
LA ULTIMA JORNADA se hace penosísima; la lluvia sigue persistente, y el barro dificulta la
marcha de la Bandera por el pendiente y resbaladizo camino que, después de cruzar grandes
barrancadas, remonta los más altos espolones de la montaña. En las inmediaciones de un bosquecillo
encontramos dos moros armados; saludan al paso; son una pareja de policías del aduar cercano; en
otra revuelta del camino, unos moritos chicos corren asustados hacia el aduar, y recorriendo este
apartado y pintoresco camino respiramos la paz de esta comarca pacificada sin posiciones militares; y
en la que se desconoce la agresión.
Remontando los últimos montes damos vista al alegre valle del Lau, donde se asienta nuestro
futuro campamento; la presencia del mar alegra el paisaje, y libres de la lluvia, descendemos por el
pendiente y pedregoso camino de los aduares. Hay trozos en que los peñascos, formando grandes
escalones, hacen el paso peligroso, pero nuestros caballos, entre equilibrios y resbalones, llegan al
fondo de la barrancada por donde hemos de seguir la marcha, A derecha e izquierda, las laderas
cubiertas del espeso bosque impiden todo flanqueo y ofrecen el lugar más apropiado para la
emboscada; a la salida de esta larga cañada, el camino se ensancha siguiendo fácil hasta el
campamento.
Unas descargas de los Regulares anuncian la llegada, las cornetas baten marcha y, en correcta
formación, hacemos nuestra entrada; en la plazoleta nos esperan los oficiales, que nos abrazan con el
cariño de hermanos, hermandad que habíamos de confirmar un día en el combate.
Muchos de nuestros oficiales reciben la visita y demostraciones de afecto de moros de Regulares
y policías que sirvieron a sus órdenes en época pasada, y tras los interminables saludos, les van
recordando los hechos de aquellos que gloriosamente dieron su vida por España.
Y entre el recuerdo de nuestra campaña anterior y la solicitud y afecto de nuestros compañeros,
comienza alegre nuestra vida en Uad-Lau; mientras, en el pequeño zoco del campamento, moros y
legionarios fraternizan también bajo las pardas lonas de los lóbregos cafetines morunos.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
III – Seis meses en Uad-Lau
Antes de amanecer han salido los Regulares; la Bandera queda guarneciendo el puesto días antes
ocupado por un tabor y dos compañías de infantería. El campo está en aparente paz y podrán
completar su instrucción nuestros soldados.
En contados días, al descuido en limpieza de los indígenas, sustituye una era de policía; el zoco de
cafetines y sus mugrientas tiendas se aleja a retaguardia, y las explanadas y calles del campamento
brillan bajo el sol. La limpieza y policía es la característica de los campamentos legionarios.
La posición se encuentra situada a dos kilómetros de la playa, sobre una pequeña altura que
avanza en el valle, en cuyo fondo corren las plateadas aguas del Lau; al sur, los montes de Gomara
cierran el horizonte con su negro macizo; al oeste, entre las cresterías de la sierra de Beni Hassan,
blanquea la cumbre elevada del famoso Kelti, y, cerrando el valle, como guardián de la puerta del
desfiladero a Xauen, en una pequeña colina, se distinguen las tiendas de campaña de un campamento
español. Hacia la playa, las verdes manchas de las chumberas que rodean los aduares ponen una nota
de color en la monotonía de las tierras labradas, pero las cruza un estrecho camino que muere en la
costa junto al bosque de olivos del cementerio moro.
El campamento es un conjunto de pequeñas y ruinosas edificaciones morunas, antigua residencia
de la mehalla del Raisuni, en medio de las cuales se alza coquetona y blanca la casa oficina de la
policía; a su inmediación, unos pequeños barracones sirven de alojamiento a los moros, y entre las
edificaciones se levantan las tiendas de los legionarios. A retaguardia del campamento se encuentran
diseminados el hospitalillo, cuadras, parque de Intendencia y estación radiográfica.
Este es el primer campamento de la Legión y en él se han de preparar para la guerra los
legionarios de la primera Bandera.
LA VIDA EN Uad-Lau es de gran actividad; la proximidad del río permite que después del
desayuno atiendan los soldados a su limpieza.
Momentos después comienza la vida militar en la explanada principal, dirigidos por un capitán,
los legionarios, en mangas de camisa, efectúan sus ejercicios gimnásticos, que terminan con juegos de
Asport@. En la instrucción, los ejercicios de combate son muy frecuentes, y en ellos, las explicaciones
teóricas se unen a la práctica del ejercicio.
Después de un descanso bien ganado, da comienzo la diaria instrucción teórica; es breve; en ella
se cultiva el credo legionario, y los oficiales se extreman en ir formando la moral de sus soldados. Los
capitanes y oficiales veteranos explican la guerra como la practicaron en Marruecos; los jóvenes
reemplazan la experiencia de sus superiores con el recuerdo de sus cursos académicos y, poco a poco,
en aquella agrupación de hombres, se van forjando y disciplinando los nuevos soldados.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
El tiro es objeto de atención preferente con él se procura encariñar al legionario y se celebran
concursos con premios en metálico a los mejores tiradores. En el concurso de campeonato, un suizo y
un español se disputan el primer puesto; el español pierde un tiro y queda el suizo campeón.
La tarde es igualmente absorbida por la instrucción o el tiro; y al toque de oración, cuando muere
la vida militar, empieza la de los legionarios en las cantinas y cafetines; a esta hora los Capitanes son
solicitados para firmar vales para vino; el exceso de borracheras hizo que en estos primeros meses
hubiese que limitar este consumo.
La vida militar de los Oficiales no acaba aquí; la administración de las unidades requiere tiempo
y como las prácticas militares ocupan el día, durante la noche trabaja el Capitán, ayudado por sus
oficiales o reparte los haberes a la tropa.
Algunos días, a estas horas de la noche, se reúnen los Oficiales y se ofrecen esas sencillas
explicaciones sobre la guerra de Marruecos y la adaptación a ella de nuestros reglamentos, dictando
normas para las prácticas de días sucesivos; pero se acaba pronto; otro día se seguirá, que bien
merecido tienen el descanso
LA NOCHE NO es para todos de reposo en la campaña, la tropa que descansa tiene que atender
a su seguridad y la compañía nombrada de servicio reparte sus puestos avanzados, y las patrullas
recorren el campamento, donde de tarde en tarde se escucha el (alto! de los centinelas. El servicio de
noche se hace a punta de lanza; nadie duerme, y un oficial, constantemente levantado y fuera de su
alojamiento, recorre los puestos y cumple su servicio. Esta es la vida virtuosa y activa de los oficiales
de la Legión.
CON EL DOMINGO llega el descanso de la semana. Es ya muy tarde cuando la primera corneta
rompe el silencio, y en este día sólo por la tarde los juegos y el Asport@ animan el campamento; se
establecen pequeños premios y hay luchas, boxeo, Afoot-ball@ etc. Otros oficiales pasean a caballo o se
organizan fantásticas cacerías de perros en las que se va dando cuenta de los muchísimos perros
salvajes que invaden el campamento.
EL JUEGO ESTA prohibido en la Legión. Los oficiales dan en ello ejemplo saludable y sólo en
algún rincón de las barrancadas, próximas al campamento, un pequeño corro de soldados denuncia la
presencia de alguna timba, que pronto es disuelta; estas faltas en la Legión se evitan pero no se
castigan. La prohibición del juego hace que los oficiales se extremen en buscar distracción para el
soldado, y los Amatchs@ de boxeo y los saltos y concursos se generalizan.
Entre los boxeadores ocupa un buen lugar el descuidado William Brown, negro norteamericano,
que ya es conocido por sus puños en los poblados cercanos; en sus paseos, los primeros días, los
indígenas le creían moro, pero él, haciendo uso de su práctica en el boxeo, les hacía ver su origen
norteamericano; su abandono en el vestir es característico y nadie conoce a William más que sucio y
derrotado.
EL CAMPAMENTO va tomando su aspecto legionario; el ingenioso austríaco Werner ha
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
construido para el edificio más alto una curiosa veleta que representa a un oficial saludando. El viento
la mueve, y cada vez que ésta recorre cinco metros, levanta y baja el sable el fantástico muñeco. Los
naturales se paran al paso y miran curiosos la veleta, y los soldados, burlones, les imitan: )tu visor
muñico estar diablo?
Gamoneda, el notable clown AKuku@ de los circos españoles, entretiene a los otros con sus
chistes y ocurrencias.
Un legionario, en los descansos, ofrece cinco duros al que le venza en lucha; otro, desafía en
ejercicios de fuerza a distintos compañeros, y los días transcurren lentos y tranquilos.
UN PEQUEÑO barco hace la travesía a Ceuta y es el portador del convoy y del correo; sus visitas
se ven limitadas por los constantes temporales y la falta de embarcadero; su llegada lleva de paseo
hacia la playa a muchos soldados; una veintena de hombres se desnuda para efectuar las faenas de la
descarga; el oleaje les moja hasta la mitad del pecho; pero, incansables, siguen su tarea durante varias
horas.
La llegada del cartero con los encargos ha llevado también hacia la playa a muchos oficiales; allí
les reparten la esperada correspondencia y sentados sobre la arena, leyendo sus cartas, sienten pasar
esos momentos de melancolía que engendra el recuerdo.
OTRO DÍA, la presencia de un cañonero embarga la atención del campamento. Las rayas blancas
de la chimenea nos dicen que es nuestro barco, así llamamos al cañonero Bonifaz que, mandado por
el culto y experto capitán de fragata don Juan Cervera, vigila esta costa. El día es espléndido. )Se
decidirán a visitarnos?…
Al saludo e invitación hecha por nuestra estación radiográfica, responde el barco con otro saludo;
el comandante y varios oficiales bajarán a visitarnos.
Cuando llegamos a la playa, se acerca a la orilla la canoa del Comandante; desembarcan a
hombros de los marineros y juntos emprendemos a caballo el camino del campamento.
En la explanada principal esperan formados los legionarios, que son revistados por nuestros
visitantes; después de la revista, la Bandera efectúa algunas evoluciones; las ametralladoras, con
rapidez y precisión, ejecutan un breve ejercicio de tiro y, rotas las filas, vuelve el campamento a su vida
ordinaria.
Recorremos la posición y, después de enseñarles lo poco que el campamento tiene, nos hacen el
honor de acompañarnos a la mesa. Los momentos transcurren para nosotros tan agradables que con
sentimiento vemos llegar la hora de su marcha. (Alegran tanto las visitas en estos campamentos
apartados!
A pie emprendemos el regreso de la playa; visitamos el bosque sagrado del cementerio moro y
nos despedimos de los marinos que con su visita han roto la monotonía de nuestro campamento.
LA VIDA EN Uad-Lau tiene pocas distracciones, y sólo en los paseos hacia la playa, la presencia,
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alrededor de los pozos, de las moras de los poblados, pone una nota alegre en la calma de la tarde. Los
legionarios toman estos lugares como paseo favorito, y al caer el día son muchos los que se encaminan
hacia la costa donde la vista se recrea con la presencia de moritas jóvenes que, ante la aparición de
algún moro, aparentan huir como pajarillos asustados por la presencia del cristiano; algunos
decididos las cortejan y los añosos olivos del bosque sagrado han sido muchas veces mudos testigos de
la galantería legionaria.
LAS RIÑAS no existen y los que pretenden reñir son separados por sus compañeros y llevados a
presencia del oficial, que, entregándoles los guantes de boxeo, les permite que diriman sus querellas
entre las bromas de los camaradas, desahogados los nervios y reconociendo su falta, acaban dándose
la mano y, amigos, se separan.
LAS NOCHES SON tranquilas. Una de ellas, el sonido de un disparo se siente en dirección al
servicio. Nos dirigimos a visitar los puestos y nos detiene un Ahalt qen vife@, con marcado acento
alemán; es el viejo cabo Gustavo Hort (antiguo suboficial bávaro) el que nos recibe. Nos indica que fue
del puesto inmediato de donde partió el disparo y al separarnos del veterano, sentimos, como los
soldados de su escuadra, gran simpatía por el fiel cabo Gustavo, que un día de caffard desapareció del
campamento. Nadie creyó en su deserción, (era tan buen soldado!
Llegamos al puesto del disparo. El cabo explica cómo el centinela, medroso, disparó su arma,
creyendo ver algo, y para que el caso no se repita se le ordena dejar el fusil y que, armado de machete,
lleve a la orilla del río un pequeño cajón, que recogerá la descubierta al día siguiente.
En la oscuridad de la noche vemos perderse la sombra del centinela; más tarde, el ruido de un
disparo en dirección al río pone al puesto en marcha hacia allí, A los pocos pasos aparece el soldado
que, libre del peso, regresa a seguir su servicio. Al día siguiente, el cajón estaba en la orilla del río.
El día de Nochebuena se celebró con espléndida cena por los legionarios; el vino corre y, entre
cantos y alegrías, pasan hermanados la fiesta de Pascua.
Los alemanes han pedido autorización para reunirse, y un árbol de Noel, con sus múltiples luces,
señala el sitio de su fiesta. Los oficiales les colgamos de las ramas botellas de cerveza alemana y ellos,
afectuosos, nos brindan con canciones de su país, y al entonar su canción de guerra, las frentes se
entristecen y vemos llorar los ojos de un viejo veterano.
La fiesta dura hasta el amanecer en que el campamento quedó en calma; ha corrido el vino y ni
un solo incidente se registra. Los legionarios, para beber, no necesitan receta.
LA NOTICIA DE que en Gomara se concentra fuerte harca para atacar nuestras posiciones, hace
aumentar las defensas del campamento; se colocan alambradas en los puestos avanzados y las
prevenciones para el caso de ataque se multiplican. Nadie ha de disparar sus armas en el interior del
campamento, las unidades marcharán en silencio por el camino más corto a su puesto en combate, las
ametralladoras quedan apuntadas durante la noche, los vados del río son vigilados con pequeños
puestos de policía; pero los entusiasmos bélicos de nuestros soldados se ven esta vez defraudados; no
somos atacados, que de haberlo sido, empeñada y gloriosa había de ser la empresa de defender este
extenso y abierto campamento (a 45 kilómetros de la Plaza) del ataque de la harca numerosa que
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anunciaban. Hay que esperar otra ocasión; ya nos llegará el día.
UN SUCESO desgraciado llena de dolor nuestro campamento. Unos soldados legionarios
conducen a un moro ligeramente herido en la cabeza. En su oficina, tendido en tierra, yace
gravemente herido el bravo teniente de policía. Un soldado indígena había disparado su arma sobre
el oficial, causándole heridas gravísimas y dándose a la fuga. Dos legionarios que trabajaban en una
obra inmediata, sin más arma que el palustre, le persiguen en su huida y, no obstante hacerles el
indígena varios disparos, le alcanzan y derriban después de golpearle en la cabeza.
Al día siguiente es castigada la cobarde traición y legionarios y policías desfilan marciales ante
él cadáver del moro asesino. Una noche de dolor pasó por el campamento con la pérdida del teniente
Malagón, excelso militar bondadoso y justo.
Unos días más tarde, otro legionario, Marcelino Maquivar, salva de la muerte en el río, con
exposición de su vida, a dos moras enemigas que arrastraba la corriente.
UNA PEQUEÑA agresión alarma en la noche el campamento. A los primeros disparos nos
arrojamos de la cama y sale hacia los puestos la sección de retén; se repiten los disparos, y una nueva
sección va a rodear la barrancada. Al dirigirnos a los puestos avanzados oímos una voz que pide una
camilla; en la agresión ha habido algún herido. Subiendo al puesto, encontramos a un joven
legionario que yace tendido en tierra; está herido en una pierna y otra bala enemiga le ha destrozado
la mano. Estaba arrestado y marchaba acompañando a la patrulla que llevaba el café a los puestos de
servicio, cuando se vieron sorprendidos por las descargas enemigas. Se arrojaron al suelo rechazando
la agresión y en la oscuridad de la noche dispararon sus fusiles sobre los fogonazos enemigos, al
parecer sin resultado.
Las secciones regresaron al amanecer sin haber encontrado a nadie.
El herido fue trasladado al hospitalillo donde, después de una dolorosa cura, preguntaba
preocupado si su comandante le perdonaría por encontrarse arrestado.
A su lado permanece el viejo cabo practicante Monsieur Colbert: ACugagás -le dice- le
comandant a donné son pardón@, y con amorosa solicitud le cuida como a un hijo. Este es el viejo
Colbert, uno de los más extravagantes tipos legionarios. Cuenta fantásticas historias de su esplendor
pasado y se llama a sí mismo el Doctor Colbert, cuyo nombre explota para sus conquistas amorosas.
EN LOS PRIMEROS días de abril empieza el bloqueo de Gomara. Se dice que se operará pronto
pero, incrédulos, a todos nos parece que tarda la hora de salir de Uad-Lau; estamos cansados de la paz
en que vivimos y la Bandera está perfectamente instruida y en espera de que la empleen. Los
legionarios sueñan con ir a Xauen remontando el valle del Lau para unir la costa con la misteriosa
ciudad.
Al campamento llega la noticia de que el coronel Castro Girona vendrá pronto a Uad-Lau y, en
espera del avance que tarda, se nos hacen interminables los primeros días del mes de abril.
Por fin, el 16 se confirma la noticia de la próxima expedición; al día siguiente ha de llegar una
numerosa columna para efectuar la proyectada operación sobre Gomara; en ella van a tener un puesto
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
los legionarios.
Las compañías empiezan sus preparativos para la próxima salida. Los seis meses de estancia en
Uad-Lau han acumulado una serie de elementos y material regimental, inútil en el momento de la
salida. Los carpinteros construyen embalajes, y cajones para almacenar el material y los capitanes
revistan las unidades y elementos que han de tomar parte en la salida.
El día 17, por la mañana, desembarca en Uad Lau el coronel Castro Girona. Viene acompañado
de su Jefe de Estado Mayor y varios moros. Los jefes de todos los poblados esperan en la playa y, a la
llegada del coronel, unos le besan la mano y otros la estrechan con muestras de respetuoso cariño;
entre ellos se encuentran varios jefes de los vecinos poblados de Gomara; el coronel monta a caballo
y, tras él, sube toda la comitiva.
El campamento va revistiendo gran animación. Al mediodía se espera la llegada del Teniente
Coronel de la Legión, que viene mandando la columna. Entra en la explanada un tabor de Regulares
seguido de su inexplicable impedimenta. Todos tienen señalado su puesto para acampar y en una hora
las blancas explanadas aparecen ocupadas por las tiendas y el material.
El movimiento dura hasta media tarde, en que, instaladas ya las tropas, nos reunimos los oficiales
a cambiar impresiones. Allí se encuentra la oficialidad de los tabores de Regulares de Tetuán y Ceuta,
Mehalla Xerifiana, Cazadores, Artilleros y Legión, todos los que van a constituir la nueva columna.
En medio del campamento de la policía, en una bonita tienda de campaña de construcción
moruna rematada por una reluciente bola, se encuentra el coronel Castro Girona, rodeado de los
notables de Gomara; los moros escuchan sus palabras como el credo de los xerifes; el té corre y, en
aquella pacífica reunión, se ocupa la costa de Gomara.
Esta noche el coronel nos recibe y nos entera del objetivo de la operación. La punta de Targa, que
tanto tiempo hemos contemplado desde nuestro tranquilo campamento, va a ser ocupada y en el
vecino poblado de Kasares se colocará otro pequeño campamento, )Habrá resistencia? Se confía que
no. El ascendiente del coronel Castro es muy grande entre los jefes de Gomara.
Esta última noche duermen poco los legionarios, la alegría reina y la invasión de los cantineros
con sus explosivas bombonas nos ocasiona abundantes borracheras. Hay que atajar el mal:
anochecido, se cierran las cantinas y se decomisa el aguardiente; pero el campamento no descansa;
mientras unos cantan, otros sueñan en la nueva empresa con fantásticas hazañas.
IV – Operaciones en Gomara
Antes de amanecer ya está formada la columna. Sin toque previo se han levantado las unidades
y al rayar el alba las fuerzas se ponen en movimiento. La columna es toda de tropas escogidas;
ocupamos nuestro puesto en el grueso y emprendemos lentamente el camino hacia el vado del Lau.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
Al paso del río el aspecto de la columna es pintoresco; un escuadrón de caballería indígena
abreva los caballos agua arriba del paso; los soldados se meten decididos en el agua, que les llega por
encima de la rodilla, y unos acemileros luchan con un mulo que, retozón, ha arrojado su carga en la
corriente.
Pasado el vado se acorta la marcha, las unidades se reúnen y, siguiendo la costa, llegamos a la
rinconada de Kasares; descansamos junto a unos arbolados mientras los Regulares e Ingenieros suben
la cuesta del poblado y empiezan los trabajos de la nueva posición.
La marcha sigue en dirección a Targa; el estrecho camino va remontando el espolón del monte;
a 1a izquierda, un profundo cortado cae al mar. Los barcos de la escuadra, muy próximos a la costa,
siguen a la columna y las nuevas gasolineras recorren la orilla cual rápidas flechas. Delante, hacia la
vanguardia, alcanzando el collado, se divisa la pintoresca caravana de los jinetes moros.
Por fin, después de un pequeño alto, damos vista al valle de Targa en cuya concha de mar azul
echan el ancla los cañoneros de nuestra marina. Las casitas blancas, entre los huertos verdes que
rodean la mezquita, permanecen en paz; algunas ostentan banderitas blancas y, en medio, coronado
de la extensa playa, un enorme peñón de antiguo castillo, se alza dominante, mientras a su pie, como
pequeñas hormigas, se ven llegar los jinetes de nuestra vanguardia.
Descendemos por el pedregoso camino que recorren las huertas y llegamos a la arena. A la
sombra del peñón conversa el coronel con los notables. Unas gasolineras se acercan a la orilla.
Empieza el desembarco de material, y la playa, antes desierta, toma extraordinaria animación con la
llegada de las tropas.
Por la tarde, al desembarcar el Alto Comisario, son los legionarios los encargados de rendirle
honores y, después de revistarnos, obtenemos, con su felicitación, la promesa de darnos la alternativa
en las operaciones sobre Beni-Aros.
Este primer avance se hizo en plena paz. Los indígenas nos vienen a vender huevos y gallinas y
nos transportan cargas de agua. Durante la noche ni un solo tiro turba nuestro descanso.
EL OBJETIVO DE la segunda jornada es la ocupación de Tiguisas, pero el camino de la costa está
tan malo, que se decide la marcha por el interior, y al amanecer del día 19 nos internamos por el
estrecho valle, entre los huertos de floridos naranjos.
Dejamos atrás el valle de Targa y remontando los altos montes que forman la divisoria,
conseguimos dar vista al precioso valle de Tiguisas. La playa blanquea a lo lejos y en el fondo del
valle, entre los plateados lazos que forma el río, se elevan los crecidos álamos que dan nombre a la
ensenada. El verde valle se halla salpicado de casitas blancas que se pierden medio ocultas entre el
arbolado.
La columna desciende hasta la orilla del río, donde toma el ancho camino de la vega y, después
de atravesar los bosques sagrados dé espesos olivos, llegamos a la playa.
Próximo a la desembocadura del río Tiguisas, se instala el campamento; las tiendas se pierden
entre el color de la arena y sólo los banderines de las compañías y los grandes coros de ganado se
destacan sobre la extensa playa.
Los barcos se acercan a la costa y empieza el desembarco del material y víveres; por la tarde, el
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
levante intenta presentarse y, ante el peligro de no poder hacer la descarga, se efectúa ésta durante la
noche, correspondiendo a los legionarios la penosa tarea.
La tienda del coronel Castro ofrece extraordinaria animación. Unos 40 moros esperan sentados
en los alrededores de la puerta el momento de saludarle. Allí vemos al fiel Y simpático Kaid Ali, que
siente por Castro verdadera adoración. Kaides viejos de barbas grises, montañeses curtidos, de aspecto
guerrero, todos hacen su sumisión en este día; sólo uno no se ha presentado: el que habita aquella
hermosa casa hacia el fondo del valle; pertenece a la familia de los prestigiosos Xerifes de Uazan y el
coronel sufre con esto una pequeña contrariedad; pero a la mañana siguiente tiene la compensación:
llega el notable Jefe, sus criados son portadores de un centenar de gallinas y numerosos huevos, que
traen como presente al caudillo español.
EL KAID ALI DESEA invitar a comer en su casa a la oficialidad de la columna; el coronel acepta
la invitación y un grupo de jefes y oficiales, con los comandantes de los cañoneros de la Marina,
componen la caravana; cruzan el río y escoltados por montañeses armados siguen el camino alto a la
casa del Kaid. En la ladera del monte, entre los árboles, se encuentra la casa; desde ella se divisa un
precioso panorama; el campamento apenas se distingue; en el mar, los barcos de nuestra escuadra
aparecen como pequeñas barquichuelas y a nuestros pies los preciosos huertos de naranjos nos envían
su delicado perfume.
El Kaid Ali y sus familiares se extreman en las atenciones y nos sirven espléndida y bien
condimentada comida, y son tan agradables el lugar y la paz de este campo, que las horas pasan y a
nadie le apura la vuelta al campamento, (se está tan bien en la casa del Jefe moro!
Antes de caer la tarde emprende nuestra caravana el regreso por el camino de la vega, entre los
floridos huertos de azahares.
En estos días de estancia en Tiguisas los legionarios no permanecen ociosos y mientras unos
rivalizan con los ingenieros en la construcción de barracones, otros arreglan el camino de la costa que
hemos de recorrer a nuestra vuelta.
VOLANDO PASARON estos cuatro días de estancia en Tiguisas y el día 24 se recibe la orden de
salida para Uad-Lau.
En esta noche, mientras el campamento duerme, una gasolinera, con las luces apagadas, parte de
la playa; en ella embarcan contadas personas; una es el coronel Castro, que marcha al campo enemigo
a conversar con los prestigiosos Kaides de la zona rebelde. Muy pocos conocen la excursión; sólo
nuestro teniente coronel espera en la tienda, intranquilo, su llegada. Antes de amanecer regresa la
gasolinera; el coronel Castro vuelve satisfecho de su visita.
El regreso a Uad-Lau se efectúa en una jornada y, después de un alto central en la playa de Targa,
que aprovechamos para comer, entra la columna, ya caída la tarde, en nuestro antiguo campamento.
Todos regresan satisfechos del importante avance.
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
V – A Xauen
Cuatro días de descanso en Uad-Lau nos permiten levantar definitivamente nuestro campamento
y el 30 de abril, formando parte de la columna Castro, avanza la Legión por el valle del Lau a efectuar
la soñada unión con Xauen.
El objetivo del primer día es la ocupación de Tagsut, a la salida del desfiladero. La marcha en la
primera parte se hace fácil; el camino recorre el extenso llano y al abandonar éste empieza el estrecho
desfiladero. Dejamos atrás la posición de Kobba-Darsa, guarnecida por policías. El camino sigue por la
derecha del tajo en que aparece cortada la alta montaña, por cuyo fondo corren las aguas del Lau, con
bastante caudal en todas las épocas del año.
Las interrupciones en la marcha son constantes; muchos mulos caen, otros se despeñan e
impiden la marcha de las siguientes unidades. En algunos lugares del recorrido el valle se ensancha
un poco y, entonces, entre los altos y rocosos picos de Beni-Hassan y Beni-Ziat, separados por el río,
vemos alegres y pintorescos poblados colgados, como nidos de águila, de la crestería rocosa.
El paso de la columna por unas esponjas de peñascos produce una detención mayor; los mulos de
los ingenieros ruedan con sus grandes mazos de estacas y las tablas de los blocaos se encuentran
diseminadas por tierra. Se hace preciSO ayudarles a cargar dejando expedito el camino, y los
legionarios, con su espíritu de trabajo, van levantando los sufridos mulos caídos en el fondo de las
barrancadas. El sol nos castiga con sus ardientes rayos y hace más fatigosa la jornada.
Durante el trayecto, en los lugares previamente señalados se establecen blocaos para puestos de
policía y con los ingenieros quedan tropas nuestras encargadas de protegerles y ayudarles en los
trabajos; de este modo, vamos dejando perdidas en el monte varias secciones de nuestras compañías.
Un arroyo cristalino que afluye al Lau nos ofrece en la marcha descanso y alivio, los soldados lo
cruzan y llenan en él sus cantimploras, consumidas va en la primera parte de la penosa jornada.
Después de un breve descanso, sigue la Bandera entre los frondosos bosques y peñascales, que,
coronados por nevados y altos picos asemejan este paraje a los rincones de nuestra montaña norteña.
El camino tuerce a la izquierda bajo grandes acantílados y, dejando atrás el Lau, que corre rápido
y espumoso cortando la montaña, llegamos a la orilla del Talambó, que, cristalino, salta entre las
peñas. La temperatura es tan fresca al pie de estos acantilados y la fatiga de la marcha tanta, que
damos a la tropa un prolongado descanso antes de cruzar el río y subir la empinada cuesta de los
poblados.
Por un puente romano, algo deteriorado por la acción del tiempo, cruzamos el río Talambó y
empezarnos la subida del pendiente camino.
Extensos aduares, con su mezquita de elevada torre, cruzamos al paso. Los chicos rodean curiosos
a los soldados, mientras los perros, ariscos, nos ladran enseñando sus afilados colmillos. Unos moros
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
salen a nuestro paso con cántaros de agua con que obsequian a nuestros soldados. Y a la derecha, entre
un espeso bosque de olivos, un bonito morabo de tejado rojo guarda los restos del milagroso santón de
estos lugares.
Una gran hondonada, salpicada de fuertes olivos, es el lugar del nuevo campamento; próximo a
él corre un pequeño arroyo que nos ha de facilitar la aguada; los caballos de nuestros jinetes se
agrupan alrededor de los árboles y bajo un olivo mayor el coronel Castro conferencia con los caídes
moros.
Cae ya la tarde cuando la Bandera entra en el Campamento, pero las tiendas faltan y el convoy
todavía viene muy retrasado. Durante la noche van llegando los mulos. Unos acemileros montados
han salido a su encuentro con un oficial consiguiendo reemplazar los mulos despeñados y recoger lo
utilizable de su carga.
Los ranchos se toman cerca del amanecer y son las tres y media de la madrugada cuando 1legan
a Tagsut las secciones dejadas con los blocaos a retaguardia.
Durante la noche, legionarios e ingenieros establecen otro pequeño blocao en el collado vecino
y al amanecer emprende de nuevo su marcha la columna en dirección al Kala.
La operación transcurre sin incidentes. La harca amiga ha coronado durante la noche los altos
picos y por ello la resistencia es escasa. Nos detenemos dando vista al extenso poblado del Kala, hasta
que, enviados los elementos de fortificación y víveres a la rocosa altura, se sigue la marcha a Xauen.
A lo lejos, por la derecha, se ve avanzar la vanguardia de la columna de Dar Akoba; en ella
forman los legionarios de las otras dos Banderas a las órdenes de nuestro Teniente Coronel, y con ellos
nos cruzamos momentos antes de seguir la marcha.
La jornada, en esta segunda parte, se hace in terminable; el camino recorre la falda del
gigantesco monte cruzando verdes prados y pequeños arroyos, en que sacian su sed nuestros soldados.
La preciosa huerta de Garuzin es lo primero que se ofrece a nuestra vista; sobre ella, las tiendas
de la posición de Muratahar aparecen medio ocultas por los altos parapetos de tierra, y a nuestro pie,
y en medio del arbolado, unos pequeños barracones grises señalan la presencia del campamento
indígena. Al volver una curva del camino, bajo los gigantescos y cortados picos, las torres de las
mezquitas nos revelan la ciudad oculta casi tras los negros paredones de las murallas.
Conforme nos acercamos al campamento se escuchan claramente los tiros de los blocaos del río
que el enemigo hostiliza desde las espesas arboledas; los <> retumban en la barrancada y
alguna bala armoniosa y alta silba sobre nuestras cabezas.
El campamento queda establecido entre las huertas, próximo a los barracones de los Regulares.
A NUESTRA LLEGADA visitamos la misteriosa ciudad. Tiene la paz de los poblados magrebíes.
Calles empinadas y estrechas forman la parte alta del pueblo, donde los olivos asoman entre los
pendientes y rojizos tejados; una muralla alta y aspillerada rodea la ciudad dándole parecido con
nuestros pintorescos pueblos andaluces y en el centro de la población se alzan los murallones de la
Alcazaba, en cuyo torreón principal, cubierto de espesa hiedra, ondean las banderas mora y española.
La parte baja de la población es más interesante. La calle de la Sueca, con sus tiendas como
cajones, ofrece a la venta con las telas de la ciudad las chilabas de rica lana, confeccionadas en sus
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
telares primitivos. Las chilabas de Xauen son apreciadas en todo el Norte de Marruecos, en el que
tienen gran mercado.
Los babucheros abundan, aunque en más pequeña escala, y sus babuchas forman altas columnas
en estos n ichos de las tiendas moras.
Al sur de la ciudad, el Barrio de los Molinos constituye uno de sus más bonitos rincones. El río
salta entre los peñascos moviendo las ruedas de los molinos y, en medio de los frondosos árboles, corre
por los canales descubiertos la cristalina agua de la ciudad.
El agua es el tesoro de este pueblo: debajo de los altos cortados del Magot, brota abundante y
cristalina, surte la ciudad, riega la huerta y muere en el Lau después de haber movido los molinos.
La Plaza de España, abierta en medio del poblado, es la plazuela fea de un pueblecito español; en
ella, los blanqueos fuertes de una mezquita resaltan al lado de los negros murallones de la Alcazaba
y, a corta distancia, aparecen dominantes los cortados grises del pedregoso monte, desde donde el
conocido “Paco Peña” hostilizaba hasta hace dos días a sus habitantes.
DURANTE LOS DIAS 2 y 3 de mayo se concentran en Xauen las tropas que han de constituir las
nuevas columnas. Con nuestro Teniente Coronel llegan las otras Banderas de la Legión y por primera
vez nos vemos reunidos todos los legionarios.
El día 3 en los momentos en que nuestro primer jefe revista sus unidades, una orden urgente de
salida aleja de nosotros a nuestra segunda Bandera. Debe regresar a su puesto en el Zoco del Arba,
donde las agresiones enemigas requieren su presencia. Así, se separan de nosotros en aquel día los
legionarios de la Bandera hermana; marchan honrados con la confianza, pero resignados y tristes por
perder la expedición, a seguir desempeñando su penosa e ingrata tarea.
La salida a operaciones ha sido señalada para el amanecer del día 4. Una Bandera va con cada
columna y a nosotros nos corresponde el puesto en la del heroico general Sanjurjo.
Antes de amanecer nos encontramos formados y un ayudante señala nuestro puesto en el grueso.
Nuestra contrariedad es grande. Los soldados cuya moral fue hecha para días duros, se descorazonan
con la espera y los oficiales, que han servido en su mayoría en tropas indígenas, se sienten postergados
dentro del cajón de la columna.
El objetivo de la operación es la colocación de unos blocaos en la salida de las huertas de Garuzin
que eviten las incursiones enemigas hasta los muros de la plaza. Despliegan las vanguardias y, suenan
algunos disparos; el fuego se hace más nutrido.
Cuando llegamos al lugar en que ha de colocarse el blocao, una orden llega para las
ametralladoras y momentos después escuchamos su tableteo. Una compañía ayudará a los trabajos de
fortificación, mientras las otras unidades permanecen sentadas cara al sol.
Al mediodía recibimos orden de que la Bandera vaya a otro puesto de la línea donde se piensa
establecer un blocao en un espolón sobre el río y allí nos encaminamos a construir un alto paredón
tras el que puedan trabajar los ingenieros. El combate está en aparente calma; cuando los legionarios
dejan las armas y cargados con piedras se adelanta al lugar ocupado por las guerrillas de Regulares,
un nutrido tiroteo parte de la gaba (monte bajo) del otro lado del río; las balas silban próximas y los
legionarios encantados bailan de alegría con sus piedras, (Viva España!(Viva la Legión! , gritan
entusiasmados; dos de ellos caen heridos por el plomo enemigo. Se recibe orden, por lo adelantado del
día, de suspender el trabajo y retirarnos. Los legionarios se alejan contentos de haberlas oído silbar
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
cerca.
El día 5, y formando parte de la misma columna, sale la primera Bandera a ocupar un puesto
análogo al del día anterior. Nos concentramos al abrigo del blocao de Miskrela y con sana envidia
vemos trepar hacia el monte las guerrillas moras de los Regulares; de cerca seguimos su marcha; hay
poco enemigo y tampoco parece que intervengamos.
El espíritu de trabajo de nuestra tropa hace que nos empleen como ingenieros, y allá van dos
secciones a ayudar a la construcción de los blocaos, mientras los demás nos impacientamos con tanto
reposo, tumbados sobre las ardientes peñas.
Unas horas más tarde, la situación del frente hace avanzar a la segunda compañía a reforzar la
guerrilla de Regulares, ocupando los legionarios una línea de peñascos en la izquierda del frente, El
fuego de los indígenas en aquel punto es muy grande; sin embargo, los legionarios permanecen sin
gastar cartuchos. )Cómo no tiráis vosotros? , le pregunto en mi visita al fiel cabo austríaco Herben.
-Mi comandante -dice-, hay enemigo, pero está oculto en la barrancada y como no vamos a
hacerle nada, preferimos no tirar.
La compañía efectúa más tarde su retirada sin haber tenido bajas.
La jornada había sido buena. La columna del coronel Castro, descolgando su Mehalla desde los
altos picos del Magot, había caído por la espalda sobre la posición de Miskrela, poniendo al enemigo
en huida y facilitando nuestro avance; sólo unos moros de esta columna, con la ambición de la
*razzia+, se adelantaron hasta el vecino poblado de donde no habían de volver.
Las posiciones quedan guarnecidas por los legionarios y es ya de noche cuando llegamos bajo los
muros de la ciudad del Monte.
DOS DIAS DE descanso siguieron a estas operaciones; descongestionado Xauen con las
posiciones últimamente ocupadas, marchan los Regulares a descansar durante su Pascua y quedan
guarneciendo Xauen la primera y tercera Banderas de la Legión.
En estos días efectuamos la colocación de varios blocaos en la orilla del río y lomas de Muratahar.
La característica de estas operaciones es el sigilo con que se llevan a cabo, sin llamar la atención del
enemigo con la aparición de grandes masas de tropas; y, sin casi hostilidad, se construyen en varias
mañanas los distintos blocaos.
EN NUESTRA VIDA de Xauen nos llegan los ecos de España. El país vive apartado de la acción
del Protectorado y se mira con indiferencia la actuación y sacrificio del Ejército y de esta oficialidad
abnegada que un día y otro paga su tributo de sangre entre los ardientes peñascales.
(Cuánta insensibilidad! Así vemos disminuir poco a poco la interior satisfacción de una
oficialidad que, en época no lejana, se disputaba los puestos de las unidades de choque.
Llega en estos días nuestra revista profesional con proyectos ideológicos de organización de este
Ejército, sobre la base de una oficialidad colonial; esto es, sentencia a los de Africa de no regresar a
España, privar al Ejército peninsular de su mejor escuela práctica, y seguridad en la oficialidad de la
Península de no venir a Marruecos. La lectura de estos estudios y la peligrosísima decadencia del
entusiasmo militar me dictó entonces las siguientes líneas, que, remitidas a nuestra revista
profesional, no llegaron a ver la luz, no obstante la buena acogida que tuvieron por parte de su
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DIARIO DE UNA BANDERA. CTE. FRANCO. ED. 1922 20 Parte:El territorio de Melilla
Director, a quien debo por ello gratitud. Fueron escritas en Xauen, el mes de mayo del pasado año, y
decían así:
EL MERITO EN CAMPAÑA
*Constantemente es debatida por los infantes la solución que debe darse a los problemas del
Ejército de Africa, y en las páginas de esta Revista se publicaron trabajos encaminados a resolverlos,
sin que la buena voluntad de los autores acertase con una solución en armonía con la futura vida de
nuestro Protectorado y que no tendiese a destruir su espíritu militar y, como consecuencia, la buena
marcha de nuestra acción. Los infantes en Marruecos leyeron nuestra Revista con la pena de que esos
escritos no podían satisfacer a los que aquí trabajan y luchan.
+No pretendo yo resolver estos problemas, pues su solución se encuentra en lo ya constituido y
en las personas que con prestigios justos y autoridad en el Protectorado encaminan éste a un rápido y
definitivo término; mi deseo es sólo presentar a los infantes el peligro que encierra para el Ejército y
para la acción militar, el querer solucionar estos problemas a distancia, sin que en la balanza, llamada
de la Justicia, se sepan pesar las penalidades y sufrimientos de una campaña ingrata y el gran número
de oficiales que gloriosamente mueren por la Patria acrecentando con su comportamiento las glorias
de la Infantería (Ellos son los que hacen Patria!
+El problema militar marroquí es, en general, obra de infantes; ellos forman el núcleo principal
de este Ejército y con los jinetes, en número proporcionado, nutren las filas de las tropas de primera
línea. Infantes son los que en las heladas y tormentosas noches velan el sueño de los campamentos,
escalan bajo el fuego las más altas crestas, y luchan y mueren, sin que su sacrificio voluntario obtenga
el justo premio al heroísmo.
+En las recientes operaciones, las dolorosas bajas habidas hablan con más elocuencia que lo que
estas líneas pueden decir. Allí murieron capitanes y tenientes de los gloriosos Regulares, oficiales
entusiastas que llevaban varios años de campaña con estas tropa, a donde les llevó su gran entusiasmo
militar y esa esperanza de encontrar un día el justo premio al sacrificio.
+El premio es el punto sobre que giran artículos y proyectos y se habla de oficialidad colonial
como si el porvenir de nuestro Protectorado fuese el sostener aquí un numeroso Ejército y en la
creencia también de que el oficial que con entusiasmo trabaja y se especializa en la práctica de esta
guerra, aceptaría renunciar para siempre a su puesto en el Ejército peninsular.
+La campaña de Africa es la mejor escuela práctica, por no decir la única de nuestro Ejército, y en
ella se contrastan valores y méritos positivos, y esta oficialidad de espíritu elevado que en Africa
combate ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular, pero para no destruir ese
entusiasmo, para no matar ese espíritu que debemos guardar como preciada joya, es preciso,
indispensable, que se otorgue el justo premio al mérito en campaña; de otro modo se destruirá para
siempre ese estímulo de los entusiasmos, que morirían abogados por el peso de un escalafón en la
perezosa vida de las guarniciones.
+Para nuestra acción africana, a nadie puede ocultarse que, de persistir esas ideas, se acabará el
espíritu de nuestras tropas de choque, que si antes tenían numerosos aspirantes a figurar en sus
cuadros, hoy se encuentran sin poder cubrir sus bajas de sangre, pues el horizonte que ve el infante es
sólo esa gloriosa muerte que poco a poco va alcanzando a los que aquí persisten.
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+Midan, pues, los infantes sus pasos, vuelvan la vista a estos campos marroquíes, fijen su atención
en estos modestos cementerios que cobijan los restos de tantos infantes gloriosos y no se les ocultará
la necesidad, para la Infantería, de que su unión en apretado abrazo sirva para que sin regateos injustos

se otorgue el justo y anhelado premio al mérito en campaña. (Así habremos hecho Patria!+

HASTA EL 24 DE junio continúa en Xauen la primera Bandera; los paseos militares se repiten y
el servicio de descubierta hacia el río se convierte, por lo extenso y accidentado del terreno, en una
constante escuela de combate; y sin una agresión van transcurriendo los días de nuestra estancia en
Xauen.
Una epidemia de fiebres tifoideas se presenta con caracteres alarmantes; muchos de nuestros
soldados han pasado al Hospital; se toman enérgicas medidas sobre el suministro de agua y una activa
campaña sanitaria parece disminuir el peligro, pero al salir el día 24 para el Zoco del Arba, nos vamos
con el dolor de dejar en Xauen gravemente enfermo a nuestro querido médico Valdecasas, a quien no
habíamos de volver a ver.
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VI – Operaciones en Beni-Lait
Cuando llegamos al campamento del Zoco del Arba, reina gran animación; las cantinas Y
establecimientos inmediatos a la carretera se ven concurridísimos con la llegada de las columnas, Los
Regulares y policías se agrupan junto a los cafetines moros, y los claros y laderas del campamento se
ven interceptados por carruajes y cañones de nuestra artillería.

Publicado por

CARLOS MANUEL SIETEIGLESIAS ÁLVAREZ

CALICEM QUIDEM MEUM BIBITIS.

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